jueves, 8 de abril de 2010

Hasta el próximo...

Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos...yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos...Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con severidad terminante que para mi se había acabado la fiesta. «Eres el único que no puede irse», me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos.
Gabriel García Márquez, del prólogo a Doce cuentos peregrinos

Bosra

13. BOSRA
La ciudad de Bosra, al sur de Damasco, ocupa el centro de una fértil llanura cerealera que le permitió ser capital de la provincia romana de Arabia, y se alza sobre una meseta de negras rocas basálticas que, empleadas en la construcción, confieren a sus monumentos un peculiar aspecto y han permitido que mantengan un buen estado de conservación. En 1980, su zona antigua fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Mencionada con el nombre de Busrana en las listas de ciudades del faraón Tutmosis III (siglo XIV a.C.) y en los archivos reales de Amenofis IV (Tell al-Amarna), fue una próspera ciudad, paso obligado de las caravanas que unían la península arábiga con el Egeo, que conoció la dominación nabatea desde el siglo II a.C. hasta que en 106 d.C. fue conquistada por Cornelius Palma, el general de Trajano que anexionó al imperio el reino de los nabateos.Capital de la provincia romana de Arabia Petraea con el nombre de Nova Trajana Bostra, fue la residencia de la III Legio Cyrenaica y se convirtió en la mayor metrópolis de la zona y en una importante encrucijada de rutas comerciales que incluían la calzada romana hasta el Mar Rojo. Bosra fue la sede de los dos Concilios de Arabia (246 y 247 d.C.) en los que Orígenes demostró el carácter herético de las doctrinas del obispo Berilo que mantenía que el alma moría con el cuerpo y que era posible que algún día con él resucitara. Después de la conquista por los Sasánidas y una breve reconquista de los bizantinos, la entonces capital del reino de los Gasanidas fue tomada por el ejército del califato de Rashidum en la batalla de Bosra (634 d.C.) y convertida en una ciudad islámica. Cuentan los historiadores árabes Ibn Hisham, Ibn Sa’d al-Baghdadi y Muhammead ibn Jarir al-Tabari que cuando Mahoma tenía nueve o diez años, llegó a Bosra acompañanado a la caravana de su tío Abu Talib ibn ‘Abd al-Muttalib. Al pasar cerca de la celda donde vivía Bahira, un monje cristiano nestoriano, fueron invitados por el clérigo a tomar un refrigerio y, por algun milagro de cuya naturaleza discrepan los historiadores mencionados, se dio cuenta de la capacidad profética que tenía el joven camellero. Así se lo comunicó al tío del joven Mahoma con la recomendación de que lo guardara de los judíos (versión de Sa’d) o de los cristianos bizantinos (versión de al-Tabari). Ambos, sin embargo, están de acuerdoen que Bahira pudo hacer la profecía porque estaba descrita en unos evangelios originales que él poseía antes de que los cristianos los adulteraran. Durante la Edad Media fue un floreciente centro islámico: se levantaron varias mezquitas y se rodeó el teatro romano con una imponente fortificación (la ciudadela) para defender a la ciudad de los ataques de los cruzados. Mientras la ruta de la Meca pasó por el centro de la ciudad, Bosra conoció días de esplendor, pero cuando para evitar el bandolerismo de la región de Haurán, la ruta de desvió de Bosra, la ciudad quedó reducida a un pequeño pueblo en el que, en 1866, se instalaron miles de drusos.
El conjunto arqueológico de la ciudad abarca restos romanos, restos nabateos, iglesias cristianas y mezuitas musulmanas. La Ciudadela se levantó entre los siglos XI XIII d.C. en torno a la cavea del teatro romano y conoció sucesivas ampliaciones como las doce torres que levantaron los fatimíes y los ayyubíes y el foso y el puente que se construeyeron más tarde. A través de los laberínticos pasillos de la ciudadela se accede a la cavea el teatro romano mejor conservado del mundo. Poderoso es su frons scaenae con un triple orden de columnas corintias de granito rosa procedente de Egipto y en el foso de los músicos se conserva el pavimento original. El graderío tiene forma helenística (supera los límites del semicírculo) con capacidad para unos 10.000 espectadores que ocupan un espacio dividido en tres partes separadas por pasillos concéntricos a los que dan las puertas. La primera sección tiene catorce gradas, la segunda dieciocho y la tercera cinco. La zona suroriental y suroccidental de la ciudadela albergan los Museos de Arte y Tradiciones Populares y de Arqueología.
La ciudad romana se encuentra al norte de la ciudadela y su entrada oriental, uno de los pocos restos nabateos junto con el Birket al-Haj (estanque del peregrinaje), testigo de la ciudad como escala en la ruta hacia la Meca, nos lleva hasta un arco romano del siglo III d.C. con tres vanos, conocido como Bab al-Qindil (puerta de la lámpara), que nos adentra en el decumanus (el eje este - oeste de la ciudad romana) que conserva su antiguo enlosado y las columnas que lo flanqueaban, hasta llevarnos a su extremo occidental: Bab al-Hawa (la puerta del viento). Unas termas se adivinan en el ángulo SE y desde el decumanus se puede acceder a las termas: a una sala octogonal que servía de vestuario (apodyterion), al baño frío (frigidarium), al baño de agua tempalda (tepidarium) y a los dos caldaria que lo flanquean. Cuatro columnas corintias frente a los baños nos hablan de un nymphaeum y la que hay al otro lado de la calle parece ser lo que queda de un kalybe (construcción exclusiva de oriente para el culto imperial, cf. Warnick Ball, Rome in the East: the transformation of an Empire, Routledge, London 2001, pp. 292-296) del siglo I. Pasado un criptopórtico, siempre hacia el oeste, en el cruce de las dos calles principales, encontramos los restos de un tetrapylon y un poco más adelante la mencionada “la puerta del viento” (Bab al-Hawa).
Al norte de la puerta oriental se encuentran los monumentos cristianos: la catedral de los santos Sergio, Baco y Leoncio, de 512 d.C. y el monasterio más antiguio de Bosra, del siglo IV d.C., donde sucedió el encuentro entre Mahoma y el monje nestoriano Bahira.
Varias mezquitas medievales destacan en esta ciudad: la mezquita de al-Umari, fundada a principios del VIII y remodelada en los siglos XI y XIII es una de las más antiguas del mundo árabe y frente a ella se encuentra el Hammam Manjak, baño público usado por los peregrinos y considerado una obra maestra de la ingeniería medieval. La mezquita de al-Mibrak que se levanta donde Mahoma se arrodilló para rezar, conserva delante del mihrab una piedra con las huellas de las rodillas de su camello y la mezquita de Fátima a la que en el siglo XIV se le añadió un alminar separado del cuerpo principal.

Krak de los caballeros

12. EL KRAK DE LOS CABALLEROS
Este es uno de los kraks más importantes de Siria. Está situado en lo que era el condado de Trípoli (hoy Líbano), entre Homs y Tartús, en el paso de Homs de gran importancia estratégica, militar y comercial. La primera fortaleza de la que se tiene noticia en este lugar es del año 1031 construida por el Emir de Homs. Sabemos que en 1099 fue ocupado durante algún tiempo por los ejércitos de la Primera Cruzada en su camino hacia Jerusalén hasta que, once años más tarde, los Caballeros de San Juan de Jerusalén sustituyeron a los primeros cruzados y le confirieron el estado actual.
A pesar de los repetidos ataques, incluso los de Nur-ad-Din y Saladino, nunca fue tomada hasta 1271: los cruzados de batían en retirada, Jerusalén había sido conquistada y el Krak era el último bastión cristiano. Pero el sultán mameluco Bayrbas consiguió tomar la fortaleza y la reforzó. Se pueden distinguir en el Krak por un lado las trazas de los francos (cruzados), de estilo gótico y románico, y por otro los rasgos estilísticos del estilo musulmán. El castillo tiene dos partes diferenciadas: la muralla exterior con 13 torres y la entrada principal y la fortaleza interior.
T.E. Lawrence lo definió como “el mejor castillo del mundo”. Su estado de conservación es extarordinario. Destacaríamos en el lado septentrional del patio de la fortaleza la capilla donde son evidentes las trazas del románico provenzal y borgoñés con arcos que son ya de tipo gótico. Tras la conquista musulmana, fue convertido en mezquita. Las excavaciones del pavimento en las proximidades del portal originario se han sacado a la luz numerosos esqueletos de Caballeros Hospitalarios allí enterrados según costumbre del Medievo.

Ugarit

11. UGARIT
Conocida hoy como Ras Shamra (literalmente “colina del hinojo salvaje”), la ciudad de Ugarit fue una antigua cosmópolis tributaria de Egipto en la costa mediterránea que mantuvo relaciones diplomáticas con Chipre (Alashiya) y contactos comerciales con los micénicos. Su localización no se produjo hasta que, en 1928, el arado de un campesino tropezó con una losa de piedra que resultó ser la cubierta de una antigua tumba que contenía vasos, jarras, tabletas de arcilla y adornos de plata y de oro. La policía local puso el hallazgo en conocimiento de las autoridades francesas que encomendaron a Charles Villoreaud, experto en escritura cuneiforme, una exploración de urgencia. Fue otro arqueólogo francés, René Dussaud, quien, estudiando la topografía del lugar advirtió su parecido con las tumbas de los reyes de Creta y, sobre esa base, intuyó la posible presencia de una ciudad en sus cercanías. En 1929, la Academie des Belles Lettres encomendó a F.A. Scaheffer y a George Chenet una excavación sistemática de la zona. Las excavaciones alumbraron en principio una necrópolis en las cercanías del puerto de Minet el-Beida y, más adelante, restos de una ciudad que, habitada desde el año 6.000 a.C., compartía con Ur y Eridu el priviliegio de ser la cuna de la cultura urbana, quizás por su condición de puerta de entrada desde el mar hasta las tierras interiores del Tigris y el Eúfrates.
Las primeras menciones de la ciudad de Ugarit aparecen en textos de Ebla (2400 a.C.), de Mari (1850-1750) y de Alalakh (1750 y 1450). Hacia 1500 entró en la esfera de influencia egipcia y se la menciona con frecuencia en cartas descubiertas en Tell al-Amarna, capital de Amenophis IV (1379-62 a.C.). A mediados del siglo XIV a.C. estuvo bajo la influencia del reino de Amurru y de los hititas junto a quienes combatieron contra Ramsés II, hacia principios del XIII, en batalla de Qadesh. La edad de oro de Ugarit (1450 - 1200 a.C.) terminó con la destrucción de la ciudad a principios del siglo XII como consecuencia de las invasiones que los llamados “pueblos del mar” llevaron a cabo por todo el Mediterráneo. De la situación de Ugarit en esos momentos tenemos el testimonio de una carta (RS 18.147) enviada por su último monarca (Ammurapi) al rey de Alashiya (Chipre) en la que le pide ayuda en estos términos: “Padre mío, los barcos del enemigo han llegado aquí, mis ciudades están quemadas y el mal reina en mi ciudad. Quizás no sabes, padre, mío que mis carros de guerra y mis tropas están en la tierra de Hatti y toda mi flota en Lukka. Así, la ciudad está abandonada a sí misma. Los siete barcos enemigos han causado graves daños en la ciudad”. Parece ser que la ayuda no llegó a tiempo.
La primeras excavaciones sacaron a la luz un palacio real con noventa habitaciones organizadas en torno a ocho patios y numerosas casas particulares incluyendo dos bibliotecas privadas (una de las cuales perteneció a un diplomático de nombre Rap’anu) que contenían numerosos textos diplomáticos, legales, religiosos, administrativos y literarios. En la cima de la colina sobre la que se levantaba la ciudad había dos templos: uno dedicado a Dagon, el dios ctónico de la fertilidad y los cereales, y otro dedicado a Baal (divinidad solar a la que se asocia también la lluvia y la guerra), el hijo de El (creador de todos los dioses representado por un toro), en cuyos muros se han encontrado encastradas anclas de piedra que corroboran el carácter de divinidad marina de Baal. En 1955 se excavó el llamado “palacio del sur”, un edificio del siglo XIII a.C., residencia de un funcionario de nombre Yabminu en cuyos archivos se encontró abundante documentación que avalaba las relaciones comerciales de Ugarit con las ciudades más importantes del Mediterráneo oriental. Entre los dos templos mencionados se levantaba la casa del Gran Sacerdote con numerosas piezas alrededor de un patio interior provisto de pozo y en que se encontró un riquísimo depósito de objetos de bronce, así como una biblioteca.
Los textos recuperados que abarcan un arco temporal que va del XIV al XII a.C., están redactados en una lengua identificada como semítico noroccidental y escritos en lo que se considera el primer alfabeto de la historia de la humanidad. Los escribas de Ugarit desarrollaron hacia 1400 a.C. un tipo de escritura, derivada de la cuneiforme creada por los sumerios en el IV milenio, con 30 signos cada uno de los cuales tenía una única correspondencia fonética frente a la ambigüedad que a veces suponían los logogramas cueniformes del sumerio. Hay dudas acerca de si el primer alfabeto fonético fue obra de los fenicios o de los ugaríticos, pero la evidencia que proporcionan el paralelismo entre el orden de las letras y los nombres que reciben en ambos sistemas, habla a favor de que, en cualquier caso, no se trata de invenciones absolutamente independientes, sino de que el sistema de los fenicios, como consecuencia de sus contactos comerciales por todo el Mediterráneo, conoció una mayor expansión. Frente a la complejidad y ambigüedad de otros sistemas de escritura (jeroglíficos, ideogramas o silabarios) que requieren de expertos (la privilegiada casta de los escribas) para ser utilizados e interpretados, la escritura alfabética, con su correspondencia unívoca signo - sonido, se convierte en un instrumento flexible que “democratiza” el acceso a la escritura y facilita la composición de obras literarias. Mientras que, por las mismas fechas, los griegos micénicos utilizaban un silabario (la lineal B) que permitía sólo a los escribas de palacio fijar por escrito documentos de contabilidad, de la literatura ugarítica, además de textos legislativos, cartas y acuerdos diplomáticos, conservamos abundantes restos de poemas épicos, anteriores en siglos a Ilíada y Odisea, como “La leyenda de Kirtu”, “La leyenda de Danel”, “El ciclo de Baal” y otros textos mitológicos recogidos para la historia en la primera escritura alfabética e incisos en tablillas de barro. Cerca de Ugarit se encuentra LATAKIA (Al-Ladhiqiyah), actualmente el gran puerto de la Siria contemporánea, ciudad moderna y dinámica cuyos orígenes son, sin embargo, bien antiguos, y se remontan a la época en que los fenicios comerciaban por el Mediterráneo sin rivales (s. X aC.). Pero su verdadera historia no empieza sino con la llegada a Siria de las tropas del conquistador macedonio Alejandro Magno el año 333 aC., después de la batalla de Issos donde Grecia se impuso definitivamente sobre los persas. Después de su muerte, el imperio de Alejandro se dividió entre sus generales –los Diadocos– y el territorio sirio cayó en manos de Seleuco que reinó entre 331 y 281 aC. Éste, ansioso de construirse una nueva capital, escogió el pequeño pueblo costero de origen fenicio y decidió convertirlo en una gran ciudad helenística. La aldea, centro de una importante comarca agrícola y pesquera, a los pies de las famosas montañas de Ansariyye, pronto se desarrolló con fuerza y ambición y fue rebautizada con el nombre de la querida madre del rey Seleuco, la princesa Laodicea, en homenaje suyo, en recuerdo eterno, y por amor.
Durante la época romana, Marco Antonio le concedió la autonomía y pronto formó parte de la tetrápolis que estaba a la cabeza de la provincia de Siria junto con Seleucia, Antioquía y Apamea. Durante los siglos sufrió V y VI las consecuencias de unos fuertes terremotos y las cruzadas supusieron para Latakia el pasar de manos cristianas a manos musulmanas con los consiguientes expolios por ambas partes. El dominio otomano que centró su interés en otros puertos, permitió que el lodo cegara el antiquísmo puerto de Latakia que sufrió un nuevo terremoto a finales del XIII y conoció su demolición un poco más tarde por el sultán Qalaun. Fue prácticamente reconstruida por Hafez al Assad cuando, en 1970, subió al poder.
Desde el punto de vista de los restos arqueológicos poca es la importancia de Latakia con la excepción de un tetrapylon levantado en la época de Septimio Severo (193-211) en el límite oriental de la calle principal. El Museo Nacional, ubicado en un antiguo caravasar, presenta más interés como edificio singular que por sus colecciones.

Alepo

10. ALEPO
(Reproducimos aquí el artículo de Jerónimo Páez López, ex- Director de la Fundación El Legado Andalusí, publicado en El Legado andalusi 15 (2003) pp. 70-77)Sea cual sea el camino escogido, Alepo, surge en la planicie como un inmenso tenderete bañado por el sol y sumergido en la arena. El paisaje que lo rodea, solían decir los viajeros románticos, es bello en su desnudez. Como si la naturaleza se hubiera quedado en repose, te invita a pensar, a permanecer en silencio, recordando antiguas leyendas e historias de generales romanos, de feroces guerreros cruzados, de huríes y príncipes orientales de las Mil y Una Noches. Al aproximamos, nos sobrecoge la visión de la ciudadela, un minarete mitad natural mitad artificial, que se alza sobre el espacio que le rodea. Sus murallas, sus construcciones y subsuelo encierran los sueños y ambiciones de cuantas dinastías han vivido, amado o violado la ciudad. Una vez que se penetra en los suburbios se pasa del ensueño a la decepción. Aunque el mundo árabe suele magnificar su historia, no ha sido muy respetuoso con el pasado y no puede decirse que haya resuelto armónicamente la transición a la modernidad. Edificios descuidados, dispuestos sin orden, barrios que crecen sin césar, Alepo ha triplicado su población en las últimas décadas y puede que supere en la actualidad los dos millones de habitantes como consecuencia de la emigración rural y la inexplicable explosión demográfica que parece no tener fin. Un aire de uniformidad impregna la ciudad nueva, casas, tiendas, calles, gentes, reforzado por el incontable número de antenas que inundan el horizonte de una sociedad en la que la militarización del régimen y el monoculturalismo que avanza, en gran parte como reacción a la hipócrita y doble moral de occidente, ha convertido a las casas en casi el único lugar de encuentro y la televisión en el solo divertimento posible. Pero no te dejes llevar por la primera impresión, sigue avanzando, sortea el tráfico, alcanza la Medina y llega a la ciudadela. Alepo es una ciudad para recorrer a pie y en Oriente, como en la propia vida, casi nada está bien ordenado, y siempre hay algo que descubrir. Cuando menos te lo esperas pasas del mayor de los abandonos a la exquisitez máxima. Mundo de contrastes, hospitalario y receloso, nómada y reposado, sensual y a la vez puritano, la fragilidad de su arquitectura esconde su fortaleza y la monótona repetición de sus arabescos llega a la perfección. Hoy día, sin embargo, es difícil entender como el refinamiento de antaño ha podido ser sustituido por las ostentosas decoraciones y brillantes luminarias que proliferan por doquier. Subirás a esta atalaya a través de un acueducto de ocho arcos hasta su monumental entrada que conserva su imponente carácter defensivo. Aunque ha sufrido todo tipo de destrucciones y no queda gran cosa, ningún otro monumento de Alepo ejerce mayor fascinación. Contempla la ciudad, el compacto conjunto de sus innumerables zocos, esos bazares que se asemejan a un inmenso santuario medieval, con múltiples cavidades y monumentos, con sus tiendas como celdas entrelazadas para protegerse del polvo y la arena del desierto. Te resguardan del implacable sol veraniego y de los helados vientos invernales, y antaño protegían de la rapiña de los gobernantes. En los zocos urbanos era más fácil defenderse del saqueo y la confiscatoria fiscalidad que en los rurales, expoliados incluso por los propios comerciantes de la ciudad. Luego desciende, rodea el gran hamman al-Nasri y a la izquierda, junto al palacio del gobernador, siéntate en uno de los cafetines que hay en la pequeña plaza soleada donde se encuentra el Ach Chouna. Comenzarás a descubrir el alma de Alepo. Descansa, perderás la noción de tiempo, y contemplaras el monumento mas atractivo de la ciudad, su gente, amable, sonriente, sabia, "un día pasado fuera de Alepo es un día que no cuenta en la vida", suelen decir. Degusta el amargo sabor del café turco, tómalo si puedes sin azúcar y eso si, no se te ocurra añadir leche, todo lo mas alguna fragancia. Los cafetines árabes son fascinantes y pocos hay con mas encanto que los de Alepo. Aunque el café es de origen etíope, su uso se generalizo en el mundo árabe cuando llegó a Estambul gracias a un comerciante de Alepo que en el siglo XVI abrió la primera cafetería y regresó años después, rico, a su ciudad. A los habitantes de Alepo siempre les ha caracterizado el deseo de enriquecerse y el gusto por el viaje, pero como todo pueblo aventurero que se precie conserva un profundo amor por su tierra natal, y raro es el que no regresa tarde o temprano. A pesar de que hoy día es la bebida por excelencia, el consumo de café fue objeto de enconadas disputas y prohibido y legalizado alternativamente, según el capricho del poder remante, como sucediera también con el tabaco. El café se rechazo en La Meca allá por el siglo XVI, ya que algunos ulemas intransigentes consideraron nocivos sus efectos estimulantes, y el sultán Murad IV en 1633 lo prohibió llegando a ejecutar a algunos dueños de establecimientos. Todos los tiranos y los puritanos han considerado peligrosas cuantas sustancias liberan los cuerpos y sobre todo el espíritu. Mientras te solazas pide una pipa de agua, o narguile, que te servirán parsimoniosamente con una sonrisa ante tu aire de turista occidental. Aspira pausadamente el humo del tabaco, a ser posible tumbak persa o el sirio que viene de las montañas, el mejor. Es una sensación distinta, refrescante, un rito y un placer, sientes que la vida tiene otro sabor. Es difícil que hoy día puedas degustar, como antaño, la pipa llamada guzah, en la que solían fumarse las dulces hojas embriagadoras que producen una alegría bulliciosa. Aunque su uso, como casi todos los placeres, se ha convertido en tabú en nuestra sociedad, también en la oriental, se remonta a tiempos muy antiguos y estuvo muy extendido en el siglo XIX. Fumes o no, deja vagar la imaginación y evoca la descripción de la ciudad que hizo aquel gran viajero andalusí lbn Yubayr el ano 1183, en su Rihla, o relato de viajes. "Muchos reyes la han pretendido, cuantas luchas ha suscitado y blancas hojas han sido desenvainadas contra ella.... Posee una alcazaba célebre por sus defensas. La ciudad ha subsistido mientras sus soberanos han desaparecido... entre sus peculiaridades se cuenta que en los tiempos antiguos en la colina se acogió Abraham con algunas ovejas cuya leche daba a los pobres, por eso se le dio el nombre de Halab (leche)...Los mercados de la ciudad son espaciosos y grandes, se suceden en alargada secuencia, sales de un barrio dedicado a un oficio para pasar a otro, están techadas con planchas de madera. ..En cuanto a la alcaicería, la mayoría de las tiendas son armarios de madera exquisitamente labrados" Y sigue nuestro autor mencionando la Mezquita aljama, las medersas, el riachuelo que atraviesa el arrabal "donde hay incontables caravansares, los molinos de agua y los huertos existentes. Su nombre es femenino -añadirá- ha sido mala con quienes les fueron desleales y se ha mostrado sin velo a quienes la amaron". A lo largo de los siglos Alepo se ha caracterizado por su pujanza económica y el tesón de sus habitantes para vencer cuantas tragedias les han sobrevenido. Los conquistadores mataron a veces su cuerpo, pero nunca pudieron hacerlo con su alma y su espíritu comercial. El zoco de Alepo es como el corazón que da vida y riega sus venas y arterias que son sus calles entrelazadas, sus tiendas, sus pasadizos, su gente.
La economía medieval musulmana fue sobre todo economía del zoco. La expansión árabe creo una vasta red de ciudades y puede que el primer gran mercado común y globalizado de la historia, que aumento la circulación monetaria, desarrollo el consumo e impulsé la actividad comercial. El mercader se convirtió en pieza clave de esta sociedad, ya estuviera asentado en la ciudad o fuera hombre de caravana. Se movía desde la India hasta el Atlántico, a través del norte de Afrecha, por los países de Dar el Islam, la sociedad musulmana, la única a su juicio culta y civilizada con un idioma común, el árabe, la lengua del comercio y del saber. El Islam desarrollo un modelo de ciudad que albergaba una Mezquita, la casa de Dios, el palacio del gobernador y las dependencias del poder, séquito y ejército. Junto a ellas el "SUM", el zoco, espacio de vida, de riqueza, de encuentros y desencuentros, lugar de intercambio de bienes y servicios, también de ideas y el centre por excelencia de la recaudación fiscal. Por algo la palabra majzen que hoy hace referencia "al poder real y a su entorno" significaba almacén. En el mundo musulmán ha habido todo tipo de zocos, primero rurales, que atraían a mercaderes que solían intercambiarse las mercancías. Con el desarrollo económico fueron surgiendo las ferias, cuya duración era de una o dos semanas, y finalmente los mercados fueron integrándose en la ciudad. Como elemento vivo han sufrido cambios según las necesidades y las diferentes modas arquitectónicas de las dinastías que han gobernado la región. En Alepo, en la época omeya, el mercado del ágora se trasladó a un edificio singular, Dar al Kura, de nueva construcción. Con esta dinastía los zocos abiertos se convirtieron en zocos levantados en el interior de las ciudades. Los mamelucos crearon diferentes bazares al pie de la ciudadela, destinados a una clientela especial, la soldadesca, y así sucesivamente. El zoco se convirtió en un recinto con puertas que se cerraban por la noche, puestos permanentes, ya fueran tiendas, celdas o arcadas, y el pago de tasas. El comercio deja de ser algo particular y el Estado de una u otra forma se ocupó de él, ya fuera para controlarlo o explotarlo. Mercado en el que los productos venían del campo y sobre todo de las caravanas, surgieron edificios para acoger a los viajeros y sus mercancías, los kanes o caravansares, que han recibido diferentes nombres a lo largo de la historia. Dicho de manera simple, un caravansar es un edificio para albergar una caravana. Cuadrados o rectangulares, suelen tener una gran entrada, fácil de vigilar; podían caber hasta cuatrocientos animales con su carga y alrededor de su patio se disponían las celdas para acoger a los comerciantes. Los establos suelen estar en las esquinas del edificio, el agua viene de un pozo o cisterna y la descarga se hace en el patio. Cuando tienen dos plantas, la del suelo se dedica a las mercancías y la superior a los viajeros. Alepo goza del mejor conjunto de kanes de Oriente sobre todo de época otomana, en la que incluso llegaron a construirse para los mercaderes europeos, en su mayoría venecianos y franceses. Los zocos se agrupan según tipos de bienes, de oficios, de servicios. Cerca de la mezquita se encuentran los vendedores de libros, de manuscritos, luego los perfumes, jabones, para continuar con los orfebres, los vendedores de joyas. En las zonas centrales los comerciantes de trajes, vestidos, las sedas y también los vendedores de comida, verdura, productos del campo. Y ya, mas cerca de las puertas, los oficios mas ruidosos, carpinteros, fabricantes de objetos de cobre, y a veces en el interior, y otras en zonas alejadas, cuanto requiere especial trabajo como los curtidores de pieles, tintes, etc. Aunque en aparente desorden, solían gozar de estar muy regulados y bien organizados. El mercado requiere paz y seguridad. Existía la figura del "señor del zoco" encargado de velar por la seguridad e imponer el orden, castigándose los delitos que se cometían en estos espacios con especial dureza. Cuando hayas terminado tu café y tu narguile, recorre el zoco, sus tiendas, imprégnate de sus sabores, colores, perfumes y poesía, mientras paseas sin rumbo fijo, la mejor forma de conocer una ciudad según cuenta E.M. Forster en su guía de Alejandría. Visita la mezquita, su minarete de singular belleza, que data del siglo XI, las medersas aunque no se encuentren en buen estado, el maristán y sigue el curso de la historia de la ciudad, ya que de otra forma es difícil entender Alepo. Su situación geográfica en el norte de Siria y su orografía han marcado su evolución. Durante siglos fue importante ciudad caravanero y gran mercado entre Oriente y Occidente. Sus habitantes la consideran como la más antigua, entre las existentes, del mundo civilizado. Quizás no anden lejos de la realidad, y pueden afirmar con orgullo que pocas hay con mas historia, aunque pocas, también, mas atormentada. En el tercer milenio a.C. se desarrollaron en su entorno algunas prósperas ciudades, administradas por poderosos escribas. No muy lejos se encuentra Ebla cuya refinada cultura se puede admirar en el magnifico museo de la ciudad. Aquí llegaron, eso si, como conquistadores y destructores de cuanto encontraron a su paso, asirios, hititas e incluso los grandes faraones egipcios, siempre prestos a dominar tierras mas fértiles que las suyas propias. Oriente fasciné a aquel hijo predilecto de los dioses, Alejandro Magno, y uno de sus herederos, el general Seleuco I, gobernó la parte siria de aquel inmenso imperio que todavía hoy nos asombra que pudiera conquistar. En esta antigua tierra, la civilización helénica, luego romana a partir del ano 64 a.C., brillo con luz propia. Puede que perdiera alguna de las grandes virtudes que adornaron la antigua Grecia y la Roma republicana, pero ganaron en esplendor y majestuosidad. Jerasa, Bosra y Palmira son sacrosantas ruinas y silenciosos testigos de aquella grandeza que a Voiney le inspiró su elocuente meditación sobre las ruinas de los imperios. A partir del siglo IV con el avance de Bizancio en Oriente, Siria se cristianizó y en Alepo nacerá un movimiento ascético y monástico propio de una región que ha creado mas religiones -y conflictos religiosos- que ninguna otra en el mundo. Tan solo a 42 Km., pueden contemplarse los restos del impresionante conjunto basilical de San Simeón, en su época el mayor templo de la cristiandad y lugar de peregrinaje medieval, edificado en memoria de aquel extravagante monje del mismo nombre que gustaba de autoflagelarse y que le dio por pasar la mayor parte de su vida encaramado a una columna de 18 metros, atado a una cadena al cuello para no caerse por la noche. Le llamaron el Estilita, del griego columna, desde donde predicaba a cuantos querían oírle que no eran pocos. Saqueada por los persas el ano 540 sería presa fácil ante el avance de los ejércitos árabes a comienzos del siglo VII, al igual que toda la región debilitada por el largo y cruento enfrentamiento entre los imperios bizantino sasánida. No tuvo Alepo relevancia política ni administrativa en la época omeya ni abasida, eclipsada por Damasco y luego por Bagdad. Quizás por ello pudo acoger diferentes comunidades de distintos pueblos y religiones que le dieron esa patina de ciudad cosmopolita, tradicionalmente la más abierta y dinámica del país. Durante la Edad Media se suceden los periodos de auge y decadencia. Capital de un emirato independiente, se convertirá en residencia de la dinastía hamdanî a mediados del siglo X, para ser arrasada por el feroz exarca bizantino Nicéforo Focas que destruyó la ciudad el ano 932, como había hecho poco antes con el emirato andalusí de la isla de Creta, fundado por los desterrados del arrabal de Córdoba de la época de al-Hakam I. Renacerá gracias al gobierno de Nureidin que en el siglo XII reconstruiría la ciudadela, los zocos, edificará el maristán y construirá las primeras medersas sobre los restos de la antigua catedral bizantina, convirtiendo Alepo en una de las mas prósperas ciudades árabes de la época. En el año 1260 un aterrador ejército, lo más parecido a una plaga de langostas humanas, los Mongoles, después de asolar Bagdad, redujeron a cenizas la ciudad que tardaría más de un siglo en recuperarse de esta devastación. Los Mamelucos, esa peculiar dinastía de esclavos convertidos en sultanes, que en el siglo XIII, después de detener el avance mongol, gobiernan la región y la ciudad hasta la ocupación otomana a comienzos del siglo XVI. Alepo todavía sufrirá los estragos de la Peste Negra en 1348 y un nuevo saqueo por Tamerlán un ano después, aunque la relación con Egipto y sobre todo con Europa le aportará una enorme prosperidad comercial. A partir de finales del siglo XVIII y principios del XIX será tal la influencia y afluencia de los europeos, que será considerada como el Paris de Oriente. Con la derrota de los turcos en 1918 y la posterior creación de la República Árabe de Siria, Alepo se convertirá en la segunda ciudad del país, pero volverá a ser eclipsada por la centralización del poder en Damasco. Aunque en la actualidad la tragedia que vive el pueblo palestino esta reforzando el puritanismo religioso que avanza en el mundo árabe en perjuicio de aquel Islam tolerante y culto que ge la razón de su grandeza, no olvides, viajero, que Alepo es también, aunque solo en parte hoy día, la ciudad de la música y la gastronomía. Si puedes, no dejes de ir al Hotel Baron (construido en 1909, fue, probablemente el más antiguo de los hoteles de lujo de Oriente). Recuerda que aquí "vino a soñar y escribir" Ágata Christie, a imaginar una Turquía laica Kernal Atarturk, a hospedarse T.E. Lawrence, cuando luchaba por un País árabe libre apoyado por Inglaterra y las potencias Occidentales, que pronto traicionaron sus ilusiones, mientras se solazaba saliendo a cazar patos tan solo a cien metros del hotel. Hoy día, desgraciadamente, sería imposible, no son buenos tiempos para la lírica.

Lago Assad

9. Lago Assad (Buhayrat al Asad)
Es como un mar interior, orgullo de Siria, fruto de un ambicioso proyecto del presidente Halez al Assad, padre del actual. Cuando el Éufrates entra en Siria por Jarablos (antigua capital del Imperio Neohitita) ya es un río poderoso. Para apropvechar su caudal para riego y para generar energía hidroeléctrica, en el año 1960, el plan se puso en marcha: embalsar el Éufrates y así empezaron las obras de la presa de Tabqa o Tabaqah en 1963. El embalse empezó a llenarse en 1973. Se extiende en una superficie de más de 60 kmts. y suministra electricidad supuestamente a todo el país. El aumento del embalse inundó pueblos e importante yacimientos arqueológicos. Con la ayuda de la UNESCO y de algunas misiones extranjeras, algunos lugares pudieron documentarse y trasladarse a terrenos más elevados, como el caso del alminar de 27 mts. de altura de la mezquita de Maskana y el de Abu Harayra, de 18 mts., que fueron trasladados al centro de Ath-Thaura (“La Revolución·”), ciudad que se construyó junto a la presa de Tabqa para los obreros de la misma y para los habitantes de las zonas rurales que tuvieron que desplazarse de sus pueblos.
A 15 kmts. de Ath-Thaura, situado a la orilla del lago, se levanta el Castillo Qala’at Ja’abar desde donde las vistas se sus aguas turquesas son impresionantes. Construido en ladrillo al estilo mesopotámico, se alza sobre un saliente rocoso. Fue reconstruido por Nuredin y luego por los mamelucos. Es un lugar donde los lugareños acuden a pasar el día o para nadar y remar. Un restaurante, a la derecha de la entrada, tiene una agradable terraza desde donde se puede contemplar el lago.

Rasafah

8. RASAFAH
El arqueólogo canadiense Greg Fisher, especialista en Oriente Próximo, considera este lugar como uno de los de visita obligada por los restos de su exquisita arquitectura y por el misterioso entorno. Abandonada desde hace tiempo, fue una ciudad amurallada ubicada en el desierto, por donde cruzaba el camino que unía Palmira con el Éufrates. Hoy está a 25 kmts. al sur de la carretera de este río. Su origen es antiquísimo: con el nombre de Resef aparece en los anales sirios, en el Antiguo Testamento (II Libro de los Reyes, 19.12; Isaías, 37.12), a propósito de su destrucción a manos de los asirios. Volvió a resurgir en época romana: Diocleciano, en el s. III, construyó aquí una fortaleza como parte de una línea defensiva contra los persas-sasánidas. Fue aquí donde ocurrió el martirio de San Sergio (alrededor de 305) en cuyo honor se llamó Sergiopolis y fue meta de constantes peregrinaciones. En el periodo bizantino (Imperio Romano de Oriente), durante el reinado de Justiniano, aproximadamente a finales del siglo V, sus murallas fueron nuevamente reforzadas por temor a los persas sasánidas a los que acabó rindiéndose en el año 616. Después de que los árabes musulmanes invadieran Siria, Hisham levantó, entre otros muchos, el majestuoso palacio Qasr al-Heir al Sharki, uno de los monumentos más aislados e impresionantes de los Omeyas. A pesar de las destrucciones, volvió a recuperarse, según atestiguan los fragmentos de la cerámica (de alta calidad) de los siglos XII - XIII. Después de ser conquistada por los Mamelucos, bajo el sultanato de Baybars, la población de Rusafah fue deportada a Hamah y la ciudad quedó abandonada.
Quedan las ruinas de la Puerta Norte de tres vanos y una decoración minuciosamente esculpida, las murallas perimétricas que tienen algunos accesos a la terraza superior para disfrutar de extraordinarias vistas. En el exterior de la parte este está un Cafe-ar-Rasafa. Quedan restos de la Basílica de San Sergio, parcialmente restaurada, y restos de las enormes cisternas que abastecían a la ciudad.

Palmira

7. PALMIRA
Los restos de la antigua Palmira se hallan junto a los de la actual Tadmore o Tadmur (ciudad de los dátiles) a 210 kms. al NE de Damasco, a medio camino entre el Mediterráneo y el Éufrates, es decir, entre oriente y occidente. De su emplazamiento en las rutas de las caravanas que se adentraban por el desierto hasta el extremo oriente deriva en parte su importancia. Su relevancia histórica se inicia en la época helenística. Tras la muerte de Alejandro magno (313 a.C.) y la conversión de Siria en la monarquía helenística de los Seleúcidas (por el general-rey Seleuco), la ciudad se embelleció con edificios monumentales y la cultura griega se mezcló con la aramea y la árabe autóctonas. Pero su gran transformación fue obra de Roma, a partir de la conquista de Siria por Pompeyo (64 a.C.). Siria se convierte en provincia romana y Palmira en el límite oriental del imperio y de la provincia misma, mantuvo una clara independencia. Sin embargo, era un enclave fundamental para Roma ya que la conectaba, a través de la ruta comercial que por allí pasaba, con Mesopotamia y todo el Oriente. Además, servía de barrera entre las dos potencias rivales: Roma y Persia. Palmira supo sacar ventaja de su situación fronteriza, pues ni unos ni otros deseaban interrumpir el comercio en el que Palmira desempeñaba un papel fundamental.
El emperador Adriano le otorgó el estatuto de Colonia Romana y contribuyó a su embellecimiento con templos, termas, teatro, foro, villas suntuosas...Al adquirir sus habitantes el rango de ciudadanos romanos (cives), tuvieron acceso a las magistraturas municipales y pudieron controlar así el poder local. A mediados del siglo III, la crítica situación política provocó una división del imperio en dos sectores: el occidental y el oriental. El sector oriental se configuró en torno a la ciudad de Palmira y abarcaba el territorio comprendido entre Bitinia y Egipto, con ciudades tan importantes como Antioquía (Antakia turca actual), Emesa (hoy Homs, entre Damasco y Alepo) o la egipcia Alejandría, ciudades ubicadas en las rutas que unían el desierto arábigo con el Mediterráneo. La separación del imperio se inició principalmente por serios problemas derivados de la vecindad de Persia que acabaron (tras su humillación) con el emperador Valeriano (260 d.C.), que destruían campos y ciudades sin cesar. En este estado de cosas, Odenato, perteneciente a una aristocrática familia palmireña, encabezó la resistencia romana contra los persas. Odenato contó con el apoyo de su segunda esposa Zenobia. Las victorias de Odenato, ya consul, fueron reconocidas con los títulos de “Dux Romanorum” (caudillo de los romanos), “Restitutor totius Orientis” (salvador de todo el oriente) a los que él añadió “Rex Regum” (rey de reyes) y “Persicus maximus”, porque hizo retroceder a los persas a su antigua frontera. Odenato llegó a tener un poder absoluto sobre las provincias de Cilicia, Siria, Mesopotamia y Arabia. Sin que se sepa con certeza cómo, una conspiración en la que pudo estar implicada la propia Zenobia, acabó con Odenato que fue asesinado en Homs (Edesa). Es así como entró Zenobia en la historia. Aunque tenía dos hijos, Zenobia, a la que los textos le atribuyen cualidades propias de un “vir militaris”, sólo se interesó por Vabalato y centró todo su empeño en que éste mantuviera los mismos poderes que tuvo Odenato. Así fue de hecho durante años y en el 271 se proclamó Imperator Caesar Vhabalathus Augustus, lo que suponía una independencia total del imperio. Pero la artífice de todo esto era Zenobia: ya era evidente su posición antirromana. Invadió Egipto donde contaba con numerosos simpatizantes, pero ante el temor de que Palmira se convirtiera en una gran potencia al oriente y antirromana, el emperador Aureliano reaccionó, tomó Antioquía y a continución Palmira. Tras varios episodios y sobre todo tras la muerte del rey Sapor que impidió el apoyo de Persia a Palmira, se produjo la victoria definitiva de Aureliano sobre las tropas de Zenobia. La reina de Palmira fue hecha prisionera y conducida a Roma (273 d.C.) y para festejar el triunfo el emperador. Aureliano, que le perdonó la vida, le dio una villa en el Tíber, hoy Tívoli, cerca de Villa Hadriana, y casó con un senador romano con el que tuvo varios hijos. Allí permaneció hasta su muerte, cuya fecha exacta ignoramos.
Durante el reinado de Zenobia, Palmira alcanzó su máximo esplendor con una población de más de 150.000 habitantes. La rodeaban unas murallas de unos 21 kms. de circunferencia y con sus jardines, templos y demás edificios podía rivalizar con cualquier ciudad del imperio. La calle principal (el cardo, N.-S.) estaba flanqueada por columnas corintias de más de 15 mts. de altura. Estatuas y bustos de héroes jalonaban las calles, así como bustos de benefactores ricos sobre pedestales con inscripciones alusivas a sus méritos y su onomástica local en arameo o árabe. La misma Zenobia hizo levantar dos estatuas suya y de Odenato.
Pero la victoria de Aurliano y la cautividad de Zenobia trajeron consigo la ruina de la ciudad y el esplendor de Palmira se extinguió para siempre. Los persas desviaron la ruta comercial que pasaba por Palmira y, años más tarde, Diocleciano reutilizó Palmira como una fortaleza de las muchas que defendían fronteras romanas en Siria. Tras un leve resurgimiento en la época islámica con el nombre de Tadmur (ciudad de los dátiles), la ciudad cayó y sólo sus magníficos retsos arqueológicos evocan su glorioso pasado.
Algunos rasgos de la personalidad de Zenobia.
“Se jactaba de ser descendiente de Cleopatra y de los Ptolomeos, cubrió sus hombros con túnica imperial, adornada con el vestido de Dido y recibiendo incluso su diadema dirigió el imperio después de su marido Odenato durante m´ñas tiempo del que podía soportar una mujer” (SHA, Tyr. Trig XXX, 2. Traducción de H. Pastor Andrés).
Su madre era egipcia, y conocía además dedl egipcio, el siríaco, el arameo, el greigo y el árabe, pero no conocía bien el latín. Era una gran conocedora de la historia de Alejandro y de todo el Oriente. Como mecenas, fue protectora de las artes y de los intelectuales (Apolonio de Tiana, Longino...). Los textos hablan de su belleza y de su inteligencia...”señora del deierto sirio”. Amante del lujo (su modelo era Cleopatra) y las fiestas, pero también era ejemplo de valor y firmeza. En materia religiosa era tolerante. Al parecer adoraba a una divinidad relacionada con el sol. De hecho el ‘Templo del Sol’ era uno de los mejores edificios de Palmira. No obstante como en la Siria del siglo III, en Palmira coexistían varias religiones. Fue una gran administradora y gobernante, aunque no sabemos con certeza los títulos que le fueron otorgados por Roma. El título de Augusta, atestiguado en las monedas en las que aparece sola o con su hijo Vabalato, parece sólo honorífico del mismo modo que se utilizaba para las madres de los emperadores. Por tanto, su carta de presentación como “reina de oriente”, los romanso sólo podían entenderlo como un rasgo exclusivo de una extranjera. Pero la realidad es que, aunque fuera durante pocos años (267-273), Zenobia fue reina del estado independiente de Palmira, una verdadera reina de Oriente.
(Extraído por Amalia Rodríguez Pareja de Pastor Muñoz, M. - Pastor Andrés, H., “Zenobia” en Pociña Pérez, A - García González, J., En Grecia y Roma III. Mujeres reales y ficticias, E.U.G., Granada 2009).
Un siglo después de Zenobia, otra reina puso en jaque a los romanos: la beduina Mavia que se puso al frente de una confederación de tribus seminómadas, tras la muerte de su marido Al-Hawari, en el año 375 d.C. A los tres años de ocupar el trono, sus fuerzas ocuparon Fenicia, Palestina y alcanzaron la frontera egipcia. Con sus incursiones, con la táctica de la guerra de guerrillas, a base de unidades de caballería móviles y largas lanzas, limitaron enormemente las acciones de Valente al frente del Imperio de Oriente. Mavia murió en Anasartha, al E. de Alepo donde una inscripción del 425 la recuerda.

Saydnaya o Seidnaya, Nuestra Señora

6. Saydnaya (o Seidnaya)
Junto con Yabrud o Malula forma el conjunto de los tres pueblos cristianos refugiados en los valles del Antilíbano. Está a 35 kms. de Damasco a una altitud de 1400 mts. Su ubicación resulta espectacular, sobre un saliente rocoso. A primera vista destaca el Convento de Nuestra Señora de Seidnaya que según la tradición fue erigido por Justiniano en el siglo VI, en el lugar donde, una noche, se apareció la Virgen. Se trata de un templo ortodoxo en cuyo interior, entre otros iconos, se encuentra el de la Virgen supuestamente pintada por San Lucas (recordad que hay otro que se conserva en el Monasterio de Kykkos de Chipre). En tiempo de las Cruzadas era el segundo lugar en importancia de Tierra Santa, detrás de Jerusalén. Hoy es un lugar de peregrinación de cristianos y musulmanes. El 8 de septiembre es la gran fiesta cristiana de Seyda Naya = Nuestra Señora de donde proviene el nombre del pueblo.
Parece evidente que esta iglesia se construyó sobre un templo griego anterior y ha sido reconstruido en varias ocasiones. El célebre icono está a la derecha de la capilla principal, a la que se accede tras subir cuatro tramos de escaleras y pasar por una baja puerta de madera. Hay que admirar también, a la entrada, una serie de bellos mosaicos.
A poca distancia del convento, un poco más abajo, está la Iglesia de los Santos Pedro y Pablo, levantada sobre los restos de un edificio romano, cuyo destino originario se desconoce.
El Seminario de San Efrén es destino también de muchos peregrinos de todo el mundo que quieren aprender religión en arameo o el arameo mismo porque este era el idioma de Cristo.

Malula

5. Malula
Hasta hace muy poco, Malula -“entrada” en siriaco- no era más que una rústica aldea encaramada en una roca del Antilíbano, en un estrecho valle. Hoy es destino turístico por el encanto de sus pequeñas casas cúbicas pintadas en tonos pastel y sus dos monasterios: el de San Sergio, del siglo IV, con una importante colección de iconos del maestro de la iconografía Miguel el Cretense, y el de Santa Tecla.
El monasterio de San Sergio (y San Baco) es una de los más antiguos del mundo. Fue construido en 325 tras el martirio de San Sergio, legionario romano que se convirtió a la fe de Cristo. Una impresionante puerta de madera, de más de 2.000 años de antigüedad, le da entrada. Quizás lo más destacado sea la Iglesia que conserva elementos de un templo pagano anterior.
El monasterio de Santa Tecla, está encajado en un barrranco con bellas vistas al pueblo. Se cuenta que esta santa que vivía en Iconio (Asia Menor) con su esposo Zamiro, oyó por la ventana de su casa a San Pablo que había llegado a la ciudad durante su primer viaje apostólico (Hechos, 14, 1-4). Lo dejó todo para seguirle. Su marido fue a contárselo a su suegra y ésta la denunció ante el proconsul de Iconio por lo que fue condenada a ser quemada viva. San Pablo, con sus oraciones, impidió que las llamas le hicieran daño. Juntos, San pablo y Santa Tecla, se marcharon a Antioquía donde Tecla fue nuevamente atormentada por rechazar a un pretendiente aristócrata: fue arrojada a los leones que, en vez de atacarle, le lamían los pies; luego la arrojaron a una charca con cocodrilos y culebras, pero ella utilizó el agua para bautizarse y al hacer la señal de la cruz, los animales murieron y el agua se hizo bendita. Luego la ataron aun carro tirado por toros para que la arrollaran, pero las cuerdas se desataron. Finalmente volvió a reunirse con San Pablo, volvió a su tierra, vivió en comunidad con otras mujeres en Malula hasta que murió. En el convento, al que acuden cristianos y musulmanes, está su tumba. Otra leyenda, quizás más ligada al lugar de Malula, cuenta que, cuando huía de los legionarios romanos que la perseguían para matarla, llegaron a arrinconarla en un barranco de Malula. Tecla rogó con fe a Dios y, entonces, cayó un rayo que produjo la Brecha de Santa Tecla, por donde pudo escapar. Sus paredes verticales recuerdan el siq (la Garganta de Petra); en ellas se albergan unos curiosos santuarios.
Santa Tecla, aunque sobrevivió a sus numerosos martirios, es considerada protomártir y mujer apostol, especie de icono feminista de la época. En 1321, el rey Jaime II llevó a Tarragona una reliquia del brazo de la santa y el arzobispo de esta ciudad la convirtió en su Patrona.
En Malula, como en otros pueblos vecinos (Chabadín y Bajá) quedan personas que aún hablan el arameo, la lengua de Cristo.

Damasco

4. DAMASCO
4.1. Historia
Es, sin duda, la ciudad habitada con continuidad más antigua del mundo. Imprescindible lugar de encuentro en las rutas caravaneras que unían a Mesopotamia con Fenicia y el Mediterráneo y a Egipto con Asia menor y el Egeo, es mencionada ya en el III milenio a.C. por fuentes egipcias (Tutmosis III) y mesopotamias. Según Flavio Josefo fue fundada por Us, nieto de Shem y en Génesis (XVI, 15) se la hace contemporánea de Abraham.
Capital del imperio arameo, conoce un primer momento de esplendor entre los siglos XI al VIII a.C. Su estructura urbanística en aquel momento era bien simple: un trazado irregular en torno a una acrópolis (tell) fortificada con un palacio y un santuario. Salmanassar III la hizo tributaria de los asirios (842 a.C.), Tiglat Pileser III deportó a sus habitantes (732 a.C.) y hacia 600 a.C. fue conquistada por Nabucodonosor. En 530 a.C. es anexionada al imperio persa y en 333 a.C. fue conquistada por Alejandro Magno. La presencia griega en Damasco supuso una reestructuración del hábitat urbano con diseño hipodámico y la presencia de un ágora y un estadio. Entregada en un principio por Alejandro a su general Parmenión, después de la división del imperio del macedonio entre sus generales (diadocos) formó parte, a partir del 312 a.C., del imperio de los Seleúcidas y tras un breve paréntesis de dominación nabatea (85 a.C. - 64 a.C.), se incorporó al imperio romano (63 a.C.). La presencia romana supuso una nueva remodelación del conjunto urbanístico: la ciudad era atravesada por un decumano (Via Recta), se rodeó con una única muralla y se levantó un templo dedicado a Júpiter Damasceno. Su territorio aumentó mucho en el transcurso del tiempo, hasta limitar en época de Tiberio con la fenicia Sidón. Bajo Nerón fue regida directamente por un gobernador romano; con Trajano formó parte de la provincia de Siria; Adriano le otorgó el título honorífico de metrópoli y Alejandro Severo le concedió el estatuto de colonia romana. Con Diocleciano se transformó en un importante enclave militar, construyéndose arsenales y fortificaciones. Integrada en el Imperio bizantino, durante las luchas contra los persas fue ocupada por Cosroes II (613 d.C.) y, poco después, los árabes penetraron en la ciudad (635 d.C.) quienes, tras la batalla de Yarmtnk (636 d.C.), la convirtieron en sede provincial. Su gobernador Mu'áwiya, fundador de la dinastía Omeya (661), hizo de Damasco la capital del Islam y sus herederos la transformaron en el centro cultural, comercial y financiero más importante del Cercano Oriente, construyendo suntuosos edificios como la mezquita (s. VIII), erigida sobre el antiguo templo de S. Juan. Con el advenimiento de los Abbasíes (750) que trasladaron la capital a Bagdag, se inicia la decadencia de la ciudad, que perdió la capitalidad pese a las frustradas tentativas restauradoras de al-Mutawakkil (847-861). A continuación Damasco dependió generalmente de las dinastías egipcias. Un aventurero turco, Afteqin, se la arrebató a los Fatimíes (975) y la puso bajo la protección de Juan Tzimiscés (emperador de Bizancio entre 969 y 976). Posteriormente, fue ocupada por los turcos selyúcidas (1076), que la convirtieron en un gran centro comercial y en un baluarte militar del Islam contra los cruzados, quienes, no interesados al principio (1098) en ocuparla., realizaron después inútiles tentativas por apoderarse de ella, como durante la segunda Cruzada (1148). En 1104 había subido al poder la dinastía de los Buríes, que perduró 50 años; y esta permanencia de Damasco en manos musulmanas fue una de las causas fundamentales del fracaso de las Cruzadas, pues, al no controlar el camino que bordea el desierto, cuyo principal enclave era Damasco, fue posible el abastecimiento y comunicación normal entre las ciudades musulmanas, así como la coordinación de sus recursos. Nür al-Din, sultán de Alepo, al anexionarse Damasco en 1154, logra la unificación de la Siria musulmana. Con su sucesor Saladino, que defendió la ciudad del ataque de los cruzados (1177) y cuyo mausoleo se encuentra en ella, se inicia uno de los momentos más brillantes de su historia: los brocados de seda (damascos), armaduras metálicas y trabajos damasquinados son llevados por los cruzados a Europa; de su importancia intelectual dan idea la Escuela de Medicina (1158) y el observatorio de Djebel Kasioun; y de entonces data la construcción de la ciudadela (1219), sobre las ruinas de una fortaleza romana en el centro de la ciudad. Esta prosperidad termina con el ataque del mongol Hülágn(1260), que inicia un periodo crítico: conquistada por los mamelucos de Egipto, bajo los cuales pasa a ser una simple capital provincial, es saqueada de nuevo e incendiada parcialmente por los mongoles (1300-99). Bajo el dominio de los otomanos (1516-1918), D. fue sede del gobierno de Siria y conoció otra etapa de prosperidad, gracias a la hábil administración de algunos gobernadores, como Asad Bajá al Azim (fines del s. XVIII); pero también conoció situaciones difíciles, como su ocupación por Ibráhim Bajá de Egipto (1832) o las matanzas de judíos y cristianos a raíz del levantamiento del Líbano (1860). En el gobierno de Midhat Bajá (1878) se realizaron muchas reformas urbanísticas. Por su activa intelectualidad, se convirtió en foco del nacionalismo sirio. Conquistada por los aliados en la I Guerra mundial (1918), fue por breve tiempo capital del reino de Frysal; pero, al reconocer la Sociedad de Naciones el mandato francés sobre Siria (1920), a la vez que se modernizaba (su universidad se erige en 1924), D. se convertía en un centro de revueltas contra los ocupantes. Capital de Siria desde la proclamación de su independencia en 1941 (aunque ésta no ejerció su soberanía hasta 1946), al constituirse la República Árabe Unida (1958), quedó reducida a sede del Consejo Ejecutivo sirio, para volver a su anterior condición al restaurarse Siria como Estado independiente de la República Árabe Unida.
4.2. Hitos de la ciudad vieja.
4.2.1. Murallas y puertas
La ciudad vieja de Damasco, cuyo primer asentamiento se remonta al siglo XV a.C., fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESO en 1979. Está rodeada por una muralla, levantada en época romana, que, después de la conquista islámica (635), se reforzó y se mantuvo intacta hasta la época de los Omeyas, pero cuando los Abasíes asaltaron Damasco (750) destruyeron buena parte de ella, si bien fue reforzada en época de los Nuritas y Ayubitas para proteger la ciudad de los ataques de los cruzados. En época otomana se abandonó y sus sillares se emplearon para otras edificaciones. El único lienzo que conserva su factura original son los 500 mts. que se extienden desde Bab al Salaam (la puerta de la paz) hasta Bab Tuma (la puerta de Santo Tomás). A la ciudad se accedía por trece puertas (“bab” en árabe y “abwab” en plural) que hasta el siglo pasado se cerraban al atardecer y de las que hoy se conservan, las más notables son: Bab al-Faraj (Puerta de la liberación), Bab al-Faradis (Puerta del paraíso), Bab al-Salam (Puerta de la paz), en el lado norte de la muralla, Bab Tuma (Puerta de santo Tomás), en la esquina nordeste, Bab Sharqi (Puerta del este), la única de época romana, restaurada en 1950, Bab Kisan, en el sureste, por donde, según la tradición, San Pablo huyó de Damasco (en esta puerta, hoy cerrada, existe una capilla que recuerda el suceso), al-Bab al-Saghir (Puerta pequeña), en el lado sur,y Bab al-Jabiya, en el suroeste, a la entrada del suk Midhat Pash.
La Calle Recta, antiguo decumanus, atravesaba la ciudad de este a oeste: desde la puerta de Bab al-Jabieh hasta la de Bab ash Sharqi y en ambos lados tenía columnas corintias. El tiempo ha sepultado esta vía que hoy se llama Suq al-Tawil o Midhat Pasha (calle recta), donde ocasionalmente, cuando hay obras, se descubren restos de la antigua columnata.
4.2.2. La Ciudadela
Al contrario de lo que es tradicional en este tipo de edificaciones defensivas, la ciudadela de Damasco no se levanta sobre una colina, sino que está al mismo nivel que la ciudad. Utilizando materiales extraídos de las murallas, fue erigida por los Selyúcidas (una dinastía otomana que reinó en Oriente Próximo y en Asia Menor entre mediados del siglo IX y finales del siglo XIII) en 1078 d.C., constituyéndose como una ciudad dentro de la ciudad con sus torres, sus fosos, sus murallas en cuyo interior albergaba casas, baños, mezquitas y escuelas. En el punto culminante de los ataques e incursiones de los cruzados, se utilizó como residencia de los sultanes de Egipto y Siria: Nureddin, Saladino y al-Malek al-Adel que, desde allí, dirigían las operaciones contra los cruzados. Fue al-Malek al-Adel quien, en 1202, para adecuarla a las nuevas técnicas de guerra y asedio, decidió demolerla y volver a construirla con el resultado de una modernísima fortificación que incorporaba las más modernas innovaciones en materia de logística militar. A mediados del siglo XIII se convirtió en el blanco principal de los ataques de tártaros y mongoles hasta que fue abandonada por los turcos. Se cegaron las trincheras y los fosos y en su lugar se levantaron los zocos de al-Hamidiyya, Asrounieh y al-Khuja. Este último ha sido recientemente demolido para limpiar el lado oeste de una fortaleza que está siendo remodelada para albergar un Museo de la Guerra y un centro de varias actividades culturales.
4.2.3. La Mezquita de los Omeyas Con esta invocación, el viajero Ibn Jubayr (Játiva, 1145) inicia su descripción de la capital de los Omeya: “«Damasco — ¡que el Altísimo la proteja!— Damasco, Paraíso de Oriente, lugar desde donde, él irradia su luz, sello de los países del Islam, joven esposa a la que hemos admirado, toda adornada de flores y plantas olorosas: aparece con el vestido de brocado verde de sus jardines. De ella dicen: si hay un paraiso en la tierra, Damasco, sin duda, es parte, y si está en el cielo, entonces rivaliza con él y lo emula.»
En efecto, en la ciudad vieja de Damasco se encuentra la Gran Mezquita de los Omeya (al-Djāmī banī Umaya), levantada por el Califa al Walid ibn Abdul Malek en 705 d.C. cuando Damasco era la capital del Imperio Islámico. Se construyó en el lugar donde hubo en primer lugar un templo de Hadad, la divinidad aramea de los antiguo sirios, más tarde un templo de Júpiter y en el siglo IV d.C. una iglesia cristiana dedicada a San Juan Bautista. Cuando en 635 se consumó la conquista islámica de Damasco, cristianos y musulmanes acordaron repartirse el templo y celebrar en él los ritos de ambas confesiones. Hacia 706, Walid I decidió levantar “una mezquita como nunca se había levantado, ni nunca se levantaría”, y para ello negoció con la comunidad cristiana la cesión de la parte que les correspondía del témenos de la basílica a cambio de la construcción de una nueva iglesia (la de San Juan) y la donación de varias parcelas para levantar otras. Los cristianos accedieron y se iniciaron unas obras que duraron diez años, costaron cerca de once millones de dinares oro y dieron trabajo a multitud de artesanos que completaron la decoración de un edificio que se convirtió en modelo para todas las mezquitas del mundo árabe y durante los primeros siglos de la hégira pasó por ser la octava maravilla del mundo.
Sobre el alto temenos antiguo que medía 160 x 100 m, que obedece a una orientación este/oeste y cuyo recinto rectangular se parece a una fortaleza, la mezquita erigida por al-Walid se estructura como un gran sala de oración, de 136 metros de ancho y 38 metros de profundidad, a la que se accede por un patio porticado que ocupa unas dimensiones de 120 metros de ancho por otros 50 metros de fondo. La sala de oración está dotada de un cuerpo central, que se encamina al mihrab, existiendo a cada lado de citado cuerpo tres naves que se desarrollan en sentido paralelo al muro de la kibla. En el centro geométrico del templo, frente al mihrab se sitúa la denominada Cúpula del Águila, construida en sus inicios en madera al igual que las cúpulas de al-Aksa y la Roca. Tiene forma circular y se alza sobre un octógono al que sostienen cuatro trompas angulares. Las diversas naves de la sala de oración reposan sobre inmensas columnas coronadas con capiteles de orden corintio, unidas entre sí por grandes arcos. Encima, un segundo orden de columnas de dimensiones más pequeñas sostiene arcos menores en los que reposan las techumbres del edificio; lo más probable es que las columnas sean las del antiguo templo de Júpiter y, en todo caso, el aspecto de cada línea de arcadas, con dos niveles de altura, es muy similar al que ofrecería la contemplación de un acueducto romano que estuviese sostenido por poderosas columnas.
Se trata, a primera vista, de estructuras muy clásicas que recuerdan la gran arquitectura bizantina y el visitante, al penetrar en esta inmensa sala dispuesta en el sentido de la anchura, tiene la impresión de estar ante tres naves longitudinales en lugar de tres intercolumnios paralelos a la kibla, una percepción espacial que evoca la distribución interna de una iglesia. La confusión radica en interpretar el edificio en sentido perpendicular sin tener en cuenta la orientación de la plegaria musulmana hacia el sur (la Meca) y hablar, como Watzinger, Dussaud, Lammens y otros tantos, de “transepto” cuando en realidad se trata de “nave” y de llamar “naves” a los “intercolumnios” que dividen las alas a ambos lados del mihrab.
La “impresión bizantina” obedece, pues, al uso que los arquitectos árabes hicieron de los materiales ya existentes para edificar sus mezquitas. Se puede admitir por tanto que los arquitectos del califa procedieron a un desmontaje metódico y cuidadoso; tanto las columnas como los capiteles (¡que, por otro lado, procedían probablemente del templo de Júpiter Damasceno y habían sido ya utilizados de nuevo por los Bizantinos!) y los hermosos arcos, fueron objeto de una verdadera «anastilosis» anticipada. El trabajo consistió en levantar esos elementos arquitectónicos en la zona sur de la antigua explanada y asignarles una nueva función.
Los constructores de la Gran Mezquita de Damasco por tanto se limitaron a darle otra distribución a ese material: al sur del témenos situaron, a cada lado de la nave central, un par de arcadas paralelas a la kibla. Sobre estas estructuras —donde las arcadas que habían determinado las naves de la iglesia separaban ahora los intercolumnios de la mezquita— retomaron la cubierta de madera con vigas visibles de los Bizantinos. En Damasco ha habido, por tanto, demolición y reconstrucción. Pero hay que subrayar el respeto que los constructores del califa han tenido al desmontar la vieja iglesia bizantina piedra a piedra. Este cuidado se explica por un hecho que merece ser recordado: en efecto, la basílica poseía un precioso relicario que contenía la cabeza de san Juan Bautista. Mahoma menciona a este personaje profético: «Mientras que él (Zacarías) oraba de pie en el Templo, los ángeles le llamaron: Dios te anuncia la noticia del nacimiento de Juan (Yahya) que confirmará la verdad del Verbo de Dios. Será grande y casto, será un profeta entre los justos.» (Corán, 11 1, 40).
La veneración que los musulmanes sienten por Yahya subsiste en la Gran Mezquita de Damasco: en el ala este del haram se alza un edículo donde fueron trasladados los restos del santo. Era lógico por tanto que la iglesia consagrada a este venerable personaje, honrado en el Corán, fuera objeto de toda la solicitud del califa que perpetuaba de ese modo, en su propia mezquita, la memoria de Yahya.
El gran patio tiene unas medidas que se aproximan a los 50 metros por 122 y en su centro se encuentra la Fuente de las Abluciones. Destaca en su cara occidental la Cúpula del Tesoro, un edículo octogonal sostenido por ocho columnas rematadas con capiteles corintios y, de forma simétrica en la cara oriental, el llamado Pabellón de los Relojes.
Un rasgo dominante de la construcción son los tres minaretes de estilos diferentes, cuyas partes superiores fueron remodeladas durante las eras Ayoubita, Mameluca y Otomana: el Minarete al-Gharbiyya, de estilo otomano, en la parte SO y el Minarete de Jesús, el más alto, donde se dice que aparecerá Cristo el día del Juicio Final, cierran las dos esquinas de la quibla. Al norte, sobre el eje mediano del patio, se sitúa el Minarete al-Arus (de la Novia o la Esposa), el más antiguo. A su derecha se encuentra la Puerta del Paraíso.
El nombre de esta puerta y la cita que recogíamos al principio nos llevan a hablar un poco de la ornamentación musiva del monumento. Al principio, todo el contorno del patio estaba adornado con escenas que representaban exuberantes valles y ríos en cuyas orillas había unas moradas de ensueño, bajo las sombras de los árboles y en medio de la frescura de un entorno encantador. ¿Qué significa, en una civilización que rechaza por lo general la presencia de imágenes figurativas, este conjunto iconográfico excepcional? Al hilo de la cita de Ibn Jubayr, Henri Stierlin, plantea una interesante hipótesis: esta decoración de mosaicos en la que sólo encontramos arroyos y estanques en los que se reflejan glorietas y pabellones, ilustra las bellezas de este país paradisíaco. Porque es verdaderamente una imagen del Paraíso la que transmiten los mosaicos de la Gran Mezquita de los Omeyas: con sus «palacios» y sus jardines, sus árboles y sus ríos, sus villas y sus pabellones de recreo, en consonancia con el mensaje del Profeta: «Dios ha prometido a los creyentes, hombres y mujeres, unos jardines regados por corrientes de agua. Es allí donde morarán eternamente. Él les ha prometido unas moradas deliciosas en los jardines del Edén» (Corán IX, 72).
Que estos paisajes fueron, sin lugar a dudas, creación de mosaiquistas salidos de los talleres de Bizancio, se desprende de un texto de Ibn Battuta: «El emir de los creyentes, al-Walid (...) pidió al soberano de Constantinopla que le enviara artesanos. Recibió doce mil.» Al parecer, no eran todos mosaiquistas, pero la considerable superficie de las paredes revestidas por teselas de la Gran Mezquita de Damasco tuvo que necesitar un verdadero ejército de especialistas.
“Con esta Gran Mezquita de Damasco —cuya fastuosidad constituía la antesala del Paraíso y el anuncio de las felicidades futuras, prometidas por el profeta— el califa al-Walid había creado una obra capaz de rivalizar con los mayores santuarios cristianos. Exaltando la memoria de Yahya, el precursor de Cristo, y salvaguardando la herencia bizantina que encarnaba la antigua basílica teodosiana de San Juan Bautista, utilizando de nuevo grandes cantidades de material procedentes de la vieja estructura, que introdujo en su mezquita, rodeándose de equipos de mosaiquistas constantinopolitanos, encargados de ilustrar el radiante porvenir de los fieles, el Jefe de los creyentes no solamente respetaba los legados espirituales y materiales del pasado, sino que creaba la primera mezquita imperial, modelo altivo en el que se inspirarán muchas construcciones islámicas en los siglos venideros” (H. Stierlin, Arquitectura mundial del Islam, Taschen Benedikt, Köln 2007).
4.2.4. El mausoleo de Saladino
Junto al pequeño jardín que hay al lado de la puerta Bab al Amara (donde están las taquillas) hay un edificio blanco cubierto por una cúpula roja. Se trata de la tumba de Al-Nāsir Salāh ad-Dīn Yūsuf Ion Ayyūb (en kurdo, Selaheddîn Eyûbîen), o lo que es lo mismo, la tumba de Yusuf, hijo de Ayyub, más conocido en occidente como Saladino.
Es un sobrio edificio de planta cuadrada y bóveda roja con la estructura típica de la arquitectura funeraria damascena: de base cúbica de piedra y cuatro arcos sobre los que se alza una cúpula. El interior de la cámara funeraria está revestido con azulejos otomanos azules y verdes del siglo XI-XVII (qashani). La decoración que vemos sobre los arcos es más sutil y muestra motivos florales y geométricos en pasta de piedra.
En el centro de esta cámara abovedada se distinguen dos sarcófagos, uno de madera esculpida de nogal y otro de mármol. El féretro de mármol blanco fue un obsequio del emperador alemán Guillermo II con ocasión de su visita a Damasco en 1903. A su lado está el cenotafio de madera original, una obra maestra de la ebanistería de motivos lineales entrelazados. Con adornos geométricos y astrales, y ricamente decorado con motivos florales y vegetales. Parece ser que durante mucho tiempo este lugar estuvo abandonado tanto por la administración turca como por los propios ciudadanos, y su restauración, poco antes de la ruina, se debe al Kaiser Guillermo II de Alemania quien se sorprendió por el lamentable estado del mausoleo cuando visitó Damasco en 1898 y decidió costear los gastos para la conservación y un sarcófago nuevo.
4.2.5. El palacio Azem El Palacio Azem, hoy Museo de las Artes y las Tradiciones Populares, es una obra maestra de la arquitectura doméstica damascena. Construido entre 1749 y 1752 para servir como residencia privada del gobernador otomano de Damasco, As’ad Pasha al Azem cuya familia, a principios del siglo XX, lo vendió a los franceses que lo convirtieron en Instrituto de Arqueología y Arte Islámicos, resultó muy dañado por los incendios causados durante las revueltas de 1952 y después de su restauración hacia los años 70, se destinó al uso que al comienzo decíamos. La estructura del edificio responde a la más estricta tradición: una parte pública (salamlik) y otra estrictamente privada (haramlik) protegida por tres puertas. Su patio principal, con su fuente y estanque, está rodeado de fachadas y arcadas en las que se mezclan basalto negro, piedra caliza y arenisca, una técnica denominada ablaq, característica de la arquitectura levantina y egipcia y después usada por los mamelucos y los otomanos. El haramlik, articulado en torno al patio central, se ha conservado prácticamente intacto y sus salas presentan magníficos techos de madera con revestimientos y decoraciones en los zócalos que utilizan una técnica que consiste en tallar en piedra un dibujo y rellenar los perfiles con una pasta de peiedra de colores.
4.2.6. Los zocos de Damasco
El término castellano “zoco” es la transliteración del árabe “sūq” y designa, según el uso de la lengua española, tanto un mercado ocasional como el lugar donde se celebra. El sentido del término en árabe es mucho más extenso y se refiere, en términos generales, al “barrio comercial de cualquier ciudad árabe o bereber” (el término “medina”, restringido a las ciudades del norte de África, se ajusta más a lo que nosotros llamamos “el centro de la ciudad”, al margen de la actividad que en él se ralice). El origen de los “sūq” está ligado a los lugares, fuera de la ciudad, en los que las caravanas hacían estadía y, de forma ocasional, ponían sus mercancías a la venta. A partir de este origen, los zocos se hicieron estacionales con una periodicidad anual en los casos más antiguos (p. ej.: el de Ukadh, en una zona del desierto entre la Meca y Ta’if, ya se organizaba en la Arabia preislámica durante el mes de Dhu al Qi’dah (octubre noviembre) todos los años). Conforme crecía la importancia de las ciudades, estos mercados se hicieron permanentes y se integraron en su tejido urbanístico. Fue a partir de la época de los Omeya cuando se organizaron estos “barrios comerciales” con una estructura de establecimientos fijos que se repartían en una bien organizada, pero compleja, red de calles, cada una d elas cuales recibía el nombre del tipo de actividad artesanal o mercantil que en ella se ralizaba.
Varios son los zocos que alberga la ciudad de Damasco: el de Midhat Pasha, fundado por el gobernador del mismo nombre en 1878, dedicado preferentemente al textil y en cuya mitad no cubierta se ofrecen manufacturas artesanas de cobre y plata. El Sūq al-Harir, fundado en 1574 por Darwish Pasha, y, en sus cercanías el Sūq al- Khayatin, dedicados a la sastrería y confección de trajes de todo tipo. El mercado de frutas, hierbas medicinales y especias lo podemos encontrar en el Sūq al-Bzouriyya, entre Midhat Pasha y la Mezquita de los Omeya, pero el más conocido es, quizás, el Sūq al-Hamidiyya, cerca de la Ciudadela. Se trata de un zoco cubierto que llega hasta el centro de la ciudad vieja y en sus calles, tanto en la central como en las laterales, se vende de todo. Una bóveda metálica lo cubre y unos haces de luz se cuelan por los agujeros que hicieron los proyectiles disparados por lo aviones franceses durante la rebelión de 1925. Aunque la calle remonta originariamente a época romana, lo que hoy contemplamos es una reconstrucción realizada por el sultán otomano Hamid II (de donde Al-Hamidiyya). La salida este del zoco nos sitúa en el lugar en el que en el siglo III estaba la fachada occidental del templo romano de Júpiter. Donde hoy se venden ejemplares del Corán y artesanías varias estaban los propilaea del templo. Un fragmento de dintel soportado por columnas corintias es mudo testigo de tiempos pasados.
4.2.7. El barrio cristiano
En la parte NO de la ciudad vieja, por un pequeño arco romano llamado Bab Tuma (Puerta de Tomás), se accede al barrio cristiano en el que se ubican numerosas iglesias de varias denominaciones: ortodoxa siria, orodoxa griega, armenia, católica siria y maronita. Hoy es un “activo barrio comercial con una animada vida nocturna” (Terry Carter para Lonely Planet).
Caminando por sus callejuelas, en la Sharia Hanania, encontramos la Capilla de Ananias ubicada en la casa de Ananias del que se cuenta en los Hechos de los Apóstoles (9.11) que asisitió a Saulo cuando quedó cegado por la visión que sufrió camino de Damasco (“Saulo ¿por qué me persigues?”). Ananías lo curó de la ceguera y Saulo se convirtió al cristianismo, pasando a llamarse Pablo. La capilla, que es supuestamente el sótano de la casa de Ananias, tiene un nivel subterráneo de cinco metros y ha sido restaurada muchas veces, es el único edificio paleocristiano del siglo primero que queda en la ciudad. Su estructura es simple: dos pequeños habitáculos con paredes desnudas de piedra, sólo un altar, algunos iconos y unos bancos de iglesia.
La conversión de Saulo al cristianismo provocó la ira de los judíos damascenos y, como él mismo cuenta en la Epístola a los Corintios (11,33), tucvo que abandonar la ciudad “por una ventana, en una espuerta, fui descolgado del muro y escapé de sus manos”. Se trata de la puerta llamada Bab Kisan junto a la cual se encuentra una capilla dedicada San Pablo.

Continuamos con la introducción

2.6 Siria Otomana
Con Selim se inicia el periodo de la Siria otomana (1517-1918): la Sublime Puerta dividió Siria en tres bajalatos con capitales en Damasco, Alepo y Trípoli (hoy en Líbano). Se incentivó el comercio con Europa, sobre todo con Francia, y se mantuvieron las difíciles relaciones con Egipto, con episodios de guerra (las guerras turco-sirias) que “obligaron” a intervenir a las potencias europeas. Bonaparte intentó conquistar Siria, pero fracasó en el sitio de Acre (1799). Una nueva intervención de Francia en favor de los maronitas condujo a la autonomía del Líbano cristiano (1864). Siria se abrió a Europa para acelerar su desarrollo industrial a la vez que se iniciaba un fuerte movimiento migratorio hacia América y África. Pero los árabes de Siria que se quedaron, siguieron reivindicando su total independencia de Turquía: en París se celebró con este propósito el Primer Congreso Árabe y se fundó la Liga de la Patria Árabe (1904).
2.7. Siria y las dos Guerras Mundiales
El final de la Primera Guerra Mundial acabó con la dominación turco-otomana sobre Siria, pero la liberación total de Siria fue un proceso lento que duró realmente hasta 1946 con el final de la Segunda Guerra Mundial. Entre tanto Siria estuvo “tutelada” por Francia e Inglaterra que no pudieron impedir la separación de Siria del Gran Líbano (Montaña Blanca) poblada por árabes y cristianos (en 1920), aunque Gran Bretaña pretendía el reino de la Gran Siria unificando Siria, Líbano, Palestina y Trasjordania con el soberano hachemí Abdullah. En 1945 la llegada a Damasco de nuevos refuerzos franceses provocó una revuelta nacionalista que fue violentamente reprimida. La intervención de Inglaterra obligó a la pronta evacuación de las tropas francesas y a la definitiva independencia de la Siria.
2.8. Siria actual
La actual República Árabe de Siria, con una extensión de 118.180 km2 , tiene unos 17 millones de habitantes. Con su irregular territorio, fruto de su historia y geografía, limita al N. con Turquía, al E. con Irak, al O. limita con el Líbano y se abre al Mediterráneo por una franja costera de menos de 200 kms., al S. limita con Jordania.
Siria tiene varios ríos fundamentales para su propia subsistencia: el Éufrates (Al-Furat en árabe) que la atraviesa de N. a S. en su zona fronteriza oriental. El Barada, cuyas aguas dieron vida al valle en el que surge la ciudad de Damasco y el Orontes en cuyo valle se asienta Hamah y Apamea.
Es interesante reflexionar sobre la importancia que tuvo Siria desde los primeros asentamientos (fenicios, arameos, etc.) hasta los sucesivos ataques de las civilizaciones vecinas: Egipto, Asiria, Hititas, Babilonia, Persia, Grecia, Roma, nuevamente los persas, musulmanes de Arabia, musulmanes de Egipto (Ayyubies y Mamelucos) y Otomanos...hasta la intervención franco-inglesa en las dos guerras mundiales. Las fronteras fueron variando a lo largo del tiempo, hechos económicos, políticos, dinásticos y tensiones religiosas están en el origen de ello. A partir de la Edad Media destacaremos dos hechos cruciales: a) De un lado las Cruzadas a las que hemos ido haciendo referencia y b) De otro lado la importancia de la Ruta de la Seda que desde la ciudad de Antioquía (la Antakia turca actual) y Tiro (hoy en el Líbano), llegaba con sus caravanas hasta Pekín y Nankín. Esta ruta a partir del siglo VII d.C. fue controlada por los árabes, a partir del siglo XI por los turcos selyúcidas que dominaron Siria y a partir del siglo XIII por los mongoles. Esta ruta fue fundamental en el Medievo y sólo el descubrimiento del Nuevo Mundo pudo restarle importancia.
3. Arqueología y Mitos
Siria es una de las reservas arqueológicas más importantes del mundo. La arqueología está aún en fase inicial: a menudo aparecen nuevos hallazgos que obligan a una reinterpretación constante. Pueden ser hallazgos que nos hablen de los primeros asentamientos humanos semitas, de las diferentes ocupaciones, egipcias, hititas, asirios, persas, griegos, romanos, bizantinos, otomanos y musulmanes o cristianos medievales.En fecha incierta, pero sin duda antes de la ocupación helena y romana (probablemente en al Edad del Bronce), hubo intercambios comerciales y culturales entre las poblaciones semitas de Siria-Líbano y el mundo egeo. Especialmente importante fue el préstamo cultural del alfabeto fonético que los griegos adoptaron del fenicio, adaptándolo a sus necesidades fonológicas. Esto permitió el desarrollo de la escritura literaria que en Grecia alcanzó cotas extraordinarias (géneros literarios en verso y en prosa). Del alfabeto griego derivó más tarde el latino. Los griegos llamaban a sus letras “grámmata phoinikeia” (letras fenicias) evocando así, de forma elocuente, su origen. También las llamaban “cadmeas”, aludiendo al mítico benefactor que las llevó consigo (Ovidio, Metam. III) al establecerse en Grecia. Se trata de Cadmo, el hermano de la joven Europa de cuya belleza se enamoró el mismo Zeus. Producida la seducción y el rapto (Ovidio, Metam. II), tan representado en el arte (Zeus-Toro con Europa a sus lomos, sobre las aguas del Egeo), la fenicia Europa, embarazada del dios, se estableció en Creta y uno de sus hijos, Minos, fundó la civilización minoico-cretense (la más antigua de nuestro continente, de ahí el nombre de Europa). Veamos la historia: Agenor, rey de un país “sin nombre” y padre de Europa, envió, tras el rapto, a sus hijos varones, Cadmo, Fénix, Cilix, Taso y Siro, a la búsqueda de la joven. Cadmo llegó hasta Grecia y, tras consultar al oráculo, fundó Tebas e introdujo el alfabeto. Casó con Harmonía (Ovidio, Metam., IV), hija de Marte y Afrodita, y de esta unión deriva la estirpe de Edipo (saga Tebana) y del mismo Dióniso (héroe-dios del vino, el Baco romano). Fénix (palmera), cansado también de la búsqueda a pesar de que no salió de la región, se estableció en Sidón y fue el primero que, a partir de su nombre, llamó al territorio Fenicia. Siro acabó estableciéndose en el territorio que sería llamado Siria. Cilix, de forma similar, se estableció en el territorio del que deriva el epónimo de Cilicia (en el S.E. de Anatolia, cuya capital hoy es Adana. Una ciudad importante de Cilicia es Tarso, cuna de San Pablo). Finalmente Taso, aburrido también de la búsqueda de su hermana Europa, se asentó en una isla al norte del Egeo a la que llamó Tasos.
Este mito nos evoca poéticamente los movimientos migratorios del pueblo semita por el Mediterráneo Oriental. Muchos mitos contienen una verdad histórica revestida con el ropaje que sólo los poetas saben utilizar para embellecer el relato y a la vez facilitar su comprensión.
En época ya histórica los fenicios, entre los siglos IX y X a.C., fundaron Gades (la actual Cádiz) en el extremo occidental más allá de las columnas de Hércules y la “Ciudad Nueva”, es decir, Carthago, situada en la actual Túnez, desde donde fueron estableciéndose en otros puntos del sur de Italia y Sicilia (Magna Grecia) y en el sur y el levante hispano. Esta expansión de los fenicios - cartagineses hacia occidente trajo consigo ciertos enfrentamientos con los griegos por la hegemonía de Sicilia (cf. batalla de Himera donde el ejército cartaginés fue derrotado por la coalición de los griegos de Siracusa y Agrigento). Este enfrentamiento ocurrido en el año 480 a.C., el mismo de la batalla de Salamina, ha dado pie a la tesis de una coalición perso-cartaginesa contra el helenismo en Grecia y Magna Grecia. A su vez este plan de los cartagineses de dominar Sicilia acabó por provocar el largo y trascendental conflicto de romanos y cartagineses (fenicios o “poeni”): las llamadas Guerras Púnicas (de “poeni”): La primera guerra púnica acabó con la victoria romana y la conversión de Sicilia en la primera provincia romana fuera del territorio itálico (278-276 a.C.). Se trataba de un “tour de force” por el dominio del Mare Internum (Mediterráneo). El enfrentamiento acabó con la victoria de Roma sobre los Cartagineses en Zama, llanura cerca de Dougga, en Túnez): P. Escipión el Africano derrotó al general cartaginés Anibal en el 202 a.C. Pero, en palabras de Catón, “delenda est Carthago”. Tras un pertinaz asedio, Cartago fue finalmente destruida en el año 146 a.C. Curiosamente esta fecha coincide con la conquista romana de Corinto, ciudad griega de gran importancia comercial. En consecuencia es esta una fecha trascendental: la casi plena romanización de toda la cuenca mediterránea (Mare Nostrum). Antes de la definitiva hegemonía de Roma en el Mediterráneo los fenicios-púnicos-cartagineses habían fundado Carthago Nova (Cartagena), Akra Leuké (Alicante), Abdera (Adra), Maineke (Málaga) que fueron también absorbidas por Roma en el contexto de las Guerras Púnicas (s. III a.C.)
En relación con la fundación y los comienzos de Carthago hay una bella y romántica “novela de amor” con la que arranca la Eneida de Virgilio (libros I - IV): DIDO, hija del rey de la ciudad fenicia de Tiro, huye de su codicioso hermano Pigmalión cuando, convertido en rey, mata a su esposo para quedarse con sus tesoros. Dido se hace a la mar y hace escala en Chipre donde recluta más tripulantes y desde donde se dirige al norte de África. Allí son bien acogidos por los indígenas y por el rey del lugar que le permite fundar una ciudad de una superficie no mayor de lo que ocupara una piel de buey. DIDO ideó trocear en finísimas tiras la piel y la fue extendiendo hasta abarcar una gran superficie donde se ubicaría la ciudad de Carthago. Fundada la ciudad, llegó el troyano ENEAS y los suyos, tras haber escapado indemnes del trágico final de Troya: una tempestad los había empujado hasta las costas cartaginesas. DIDO dio hospitalidad a los troyanos y se enamoró locamente de Eneas que a punto estuvo de quedarse en Carthago. Pero su destino estaba por encima de aquel amor y ¿cuál era su destino?: la fundación de una nueva Troya, la ciudad de Roma. Este fue el motivo que hizo que Eneas, con nocturnidad y alevosía, huyera del lado de la reina Dido que, incapaz de soportar el dolor de la traición, acabó poniendo fin a su vida. Eneas, por su parte, se hizo de nuevo a la mar hasta que arribó a las costas del Latium donde fundó Lavinium, el origen de la ciudad de Roma (cf. la ópera Dido y Eneas de F. Purcell). En este mito tan sugerente se encierra no sólo los movimientos migratorios y colonizadores de los semitas de la costa sirio fenicia hacia occidente, sino también el origen de las rivalidades entre “tirios y troyanos”, es decir, entre los cartagineses, púnicos o fenicios, y los romanos cuya realidad histórica son las Guerras Púnicas a las que antes hemos aludido brevemente.
Otros muchos mitos recogen estas relaciones entre la cultura helenístico-romana y las culturas orientales, por ejemplo: el mito de BELO, hermano de Agenor y tío de Europa que se asentó en Egipto, donde se casó con Anquinoé y tuvo varios hijos. Uno de ellos, DÁNAO, padre de las cincuenta DANAIDES, tuvo que huir con ellas por el acoso a que sus primos las estaban sometiendo. Desembarcaron en Grecia y fundaron el reino de Argos, de donde el nombre de “dánaos” o “argivos”·con que Homero nombra a los “aqueos”, los griegos de la Edad de Bronce que hicieron la guerra contra los troyanos. De una danaide desciende DÁNAE, madre de Perseo, uno de los héroes más importantes de la mitología grecolatina.Las Danaides que mataron a sus insolentes primos, hijos de su tío Egipto, sufren eterno castigo en el Hades tratando de llenar inútilmente un tonel sin fondo. Son muchas las alusiones poéticas a este complejo mito que evoca los movimientos de población que se produjeron en la cuenca del Mediterráneo durante el Bronce Tardío.
Consideremos finalmente que estamos en una zona cuyas delimitación actual en modo alguno coincide con el de la antigüedad. La geografía de los mitos nos puede ayudar a comprender esto. Por ejemplo, al norte de Siria está la región turca de Lidia, patria de ARACNE, la extraordinaria tejedora que se atrevió a competir en su arte con Atenea y a ridiculizar a los dioses en su tapiz, siendo por ello castigada: la diosa la metamorfoseó en araña (cf. las Hilanderas de Velázquez). De la cercana Frigia procede el mito de los bondadosos Baucis y Filemón, las únicas personas que se atrevieron a dar hospitalidad a Zeus y Hermes cuando recorrían la región. Sólo ellos se salvaron del diluvio que, como castigo, los dioses enviaron sobre el país. Los dioses accedieron además a sus súplicas: morir juntos y permanecer siempre juntos. Así convirtieron su cabaña en templo y, tras su muerte, Baucis y Filemón se metamorfosearon en los árboles que adornaban la entrada a un lado y a otro (Ovidio, Metam., VIII).
De la vecina Babilonia procede el maravilloso mito de PÍRAMO y TISBE, los dos jóvenes enamorados a cuyo amor se oponen las familias de ambos. Su pasión les empuja a planear una huida que a ambos les costó la vida. De la sangre de los amantes que empapó la tierra, el fruto del moral, antes blanco, se volvió morado, lúgubre recuerdo de aquel trágico amor (Ovidio, Metam., IV). Aquí está el origen de la historia de Romeo y Julieta cuya versión damascena podemos leer en la novela del sirio Rafik Schami, El lado oscuro del amor.
Pero, quizás, el mito más sugerente es el del joven y bellísimo ADONIS. Es una leyenda siria de una gran fuerza poética que ha inspirado a la misma Safo y a muchos poetas posteriores, entre otros, a Ovidio (Metam., X) y Teócrito.
Adonis era hijo de Mirra, la joven siria que por un castigo de Afrodita, consumó un amor incestuoso con su propio padre, el rey sirio Ciniras. El padre, al darse cuenta, cuchillo en mano, la persigue y, en su huida, Mirra pide compasión a los dioses y la convierten en el árbol que para siempre llevará su nombre. Cumplida la gestación, un buen día, la corteza abultada del árbol de levanta y brota de allí un niño hermosísimo que es recogido por Afrodita (Venus). Esta lo entrega a Perséfone (Proserpina) para que en su reino (el Hades o mundo subterráneo) lo críe. Cuando el niño se convierte en muchacho, era tan hermoso que las dos diosas se lo disputan, enamoradas de él perdidamente. Zeus zanja la cuestión: Adonis pasaría un tercio del año con cada una de ellas y el tercero con quien él quisiera. ADONIS eligió pasar ese tercio del año en compañía de Afrodita. Un día de caza este joven muere por el ataque de un jabalí. La escena en la que Afrodita (Venus), enamorada se despide del joven que va al encuentro de su destino está muy representada en el arte (“Venus y Adonis”, Tiziano, Museo del Prado, por ejemplo).
Esta leyenda de origen semítico (el Tammuz babilonio de la fertilidad, al que llamaban “adon” = señor, es un claro correlato del griego Adonis), tuvo una gran difusión por todo el Mediterráneo en época helenística. Los mitógrafos ven en ella la explicación poética del misterio de la vegetación o de la floración (un tercio del año bajo tierra y el resto remonta a la luz para fundirse en la naturaleza con la diosa del amor y la primavera). Además del origen de la mirra, la rosa y la anémona están relacionadas con este mito: la rosa era blanca pero cuando Afrodita fue a socorrer a ADONIS, se clavó una espina en el pie y su sangre cambió el color de la rosa que antes era blanca, y la de Adonis hizo brotar las anémonas. Según otros poetas (Bión), de cada lágrima de Afrodita brotó una rosa y de cada gota de sangre de Adonis una anémona.
En Biblos hay un río Adonis cuyas aguas se teñían de rojo el día en que se conmemoraba la muerte del joven. De otro lado, las mujeres sirias (esta tradición llegó a Grecia) celebraban las “Adonias”, unas fiestas femeninas y fúnebres que rememoraban la muerte de su señor Adonis (Adonis significa señor): plantaban en recipientes (especie de pequeñas jardineras) semillas que regaban con agua caliente para que brotaran rápidamente. Estos llamados “jardines de Adonis”, morían pronto como Adonis. Las mujeres, entonces, lloraban golpeándose el pecho y rasgándose las vestiduras.
TEXTOS
κατθναίσκει͵ Κυθέρη΄͵ ἄβρος Ἄδωνις· τί κε θεῖμεν;
καττύπτεσθε͵ κόραι͵ καὶ κατερείκεσθε κίθωνας.
(Safo, fr. 140 a 1. V.)
“Se muere el tierno Adonis, Citerea1. ¿Qué hacemos?
Golpeaos el pecho, muchachas, rasgaos las vestiduras”.
1. Citerea = Venus
(Trad. de Ana Iriarte)
Ἄχ, πειθαίνει, Κυθέρεια,
ὁ γλυκός μας ὁ Ἄδωνις·
τί θα πρέπει νά κάνουμε;
Να κτυπᾶτε τὰ στήθια σας, κόρες·
κουελιάσατε τα ρούχα σας.
(Traducción al griego moderno de Τασούλα Καραγεόργιου. Σαπφω. Ποιηματα ἐπιλογή, μετάφραση...Αθήνα 2009).
“Ay, se muere, Citerea, nuestro dulce Adonis ¿Qué podemos hacer? Golpead vuetro pecho, muchachas, rasgad vuestras vestiduras” (Traducción de Amalia Rod´riguez)

Palabras de Venus ante el cuerpo de Adonis moribundo (Ovidio, Metam., final del libro X): «Y quejándose a los hados, dijo: “Pero no todo caerá en vuestro poder. Quedará para siempre un testimonio de mi dolor, Adonis, y la escena de tu muerte se repetirá, escenificando cada año una representación de mi sufrimiento y la sangre se transformará en flor”. tras estas palabras esparció néctar perfumado sobre la sangre derramada que, al contacto, empezó a hincharse como cuando surge en el barro, bajo la lluvia, una burbuja transparente...pronto brotó una flor del mismo color que habitualmente tienen las granadas (Punica) que tantos granos esconden bajo su flexible cáscara. Su vida, sin embargo, es breve: en efecto, mal adherida a la tierra y frágil por su excesiva ligereza es arrancada por los mismos vientos que le prestan su nombre» (la anémona, palabra que procede de ἄνεμος = viento)
(Trdaucción de Ely Leonetti)

Introducción

Comienzo ahora a transcribir los maravillosos textos que prepararon Amalia y Jesús para glosar nuestras visitas:

1. INTRODUCCIÓN
“Por mucho que te alejes en el vago pasado, siempre hubo una Damasco” Mark Twain, Guía para viajeros inocentes
En el libro de Patricia Schultz, 1.000 sitios que ver antes de morir, recomendado en su portada por el New York Times, la autora menciona cuatro “sitios” de Siria: Damasco, Alepo, el Krak de los Caballeros y Palmira. Los cuatro lugares están en n nuestra ruta ¡No está mal! Cada uno de estos lugares nos evocan diferentes épocas, diferentes civilizaciones fundamentales de un pasado histórico que trasciende a la propia Siria, porque el solar sirio habla de los comienzos de la metalurgia, de la escritura, del comercio, de la agricultura. Los testimonios arqueológicos e importantes mitos lo confirman.
La arqueología nos informa de civilizaciones prehistóricas, que a partir del Neolítico están claramente relacionadas con las de Sumer y Susa en la cercana Mesopotamia. Por su ubicación, como zona de paso o vecindad con Egipto, Mesopotamia y Asia Menor, sufrió las influencias de estas culturas. La posición estratégica y sus montañas ricas en madera (Monte Líbano, Amanus...) hizo que Siria fuera siempre un territorio disputado.
Desde el IV milenio encontramos asentamientos preurbanos importantes: Ugarit, Biblos, Damasco, Megiddó. Los primeros documentos escritos del III milenio atestiguan el predominio de los pueblos semitas que llegaron procedentes del país de Eddon y de las zonas desérticas de Arabia y del interior de Siria. Los semitas, en grupos culturales ligeramente diferenciados, se asentaron hacia el primer milenio en diferentes zonas: los fenicios en el litoral, los cananeos al sur y los amorritas y arameos hacia el interior incluso más allá del Eúfrates. Coexistieron las dos formas de vida, la nómada que atacaban las civilizaciones vecinas, y la sedentaria que con dificultades podía resistir los ataques de esas mismas civilizaciones vecinas. Por ejemplo, desde la II Dinastía faraónica (III milenio) la plaza costera de Biblos fue una base egipcia, los monarcas de Asiria (Sargón, Naram - Sim de Acadia...) intentaron imponer su dominio en Siria. Los Faraones de la XII Dinastía (II milenio) llegaron a establecer una marca al sur de Canaán para frenar las incursiones de los asiáticos en el Delta del Nilo. La llegada de los Indoeuropeos y su expansión acentúan la inestabilidad en sus poblaciones, alguna de las cuales (los hicsos) invadió Egipto, que fueron rechazados por los faraones: Tutmés I, en su contraataque llegó hasta el Éufrates y su sucesor Tutmés III impuso en la mayor parte de las ciudades sirias un protectorado egipcio. La zona norte de Siria fue ocupada por los hititas...Todo esto llevó a un acuerdo entre Ramsés II y los hititas para frenar la expansión de Asiria.
2. PERIODOS HISTÓRICOS
2.1. Periodo Semita
En el transcurso de los siglos XI y X, los arameos y los hebreos, de origen semítico procedentes del desierto arábigo, se instalaron en zonas de cultivo y fundaron verdaderas ciudades-estado como el reino de Jerusalén (reino hebreo de Judá) y Damasco (reino arameo). También se fundaron los puertos de Biblos, Tiro y Sidón en la costa fenicia (hoy Líbano).
La prosperidad de estas ciudades siempre tentó a Asiria y a Egipto y las consecuentes crisis de la situación fueron aprovechadas por Nabucodonosor II, rey de Babilonia, quien llegó a tener a Siria y a Egipto bajo su poder (587 a.C.). Pero la toma de Babilonia por el rey persa Ciro (539 a.C.) convirtió a Siria (junto con Chipre y Palestina) en una satrapía persa, aunque siguieron subsistiendo los principados indígenas. No obstante, las revueltas de Fenicia a favor de Egipto provocaron la destrucción de Sidón por las tropas de Artajerjes III (344 a.C.).
2.2. El helenismo sirio
La gran actividad comercial de los puertos sirio-fenicios, donde llegaban productos del extremo oriente, atrajo desde siempre a los griegos. Los contactos comerciales y culturales entre sirio-fenicios y griegos son tan extraordinarios como los préstamos del alfabeto y la moneda, p. ej., que remontan al siglo VIII a.C.
Tras la conquista de Alejandro Magno, a pesar de la resistencia de Tiro (332 a.C.), Siria (todavía satrapía persa) se convirtió en uno de los grandes centros del mundo helenístico. A la muerte de Alejandro y tras la fragmentación de su imperio, Siria fue un reino helenístico más: el reino de los Seleúcidas (por Seleuco) que instalaron su capital en Antioquía (hoy Turquía). Los sucesores de Seleuco concedieron el estatuto de “polis” a sus fundaciones: Antioquía, Apamea, Seleucia, Laodicea (hoy Latakia), etc., pero las ciudades indígenas siguieron con sus principados teocráticos (sobre todo los judíos). Las querellas internas de la dinastía seleúcida favorecieron la división del reino y nuevas invasiones nómadas, como la de los árabes, que fundaron sus propios principados como los de Damasco, Emesa, Petra...
2.3. Siria romana
Tras una intentona de conquista por el rey armenio Tigranes, Siria fue ocupada por Pompeyo en el año 64 a.C. Estos hechos pusieron fin a la dinastía seleúcida. Pompeyo creó la Provincia Romana de Siria, convertida después, en tiempos de Augusto, en Provincia Imperial (27 a.C.), reforzada por una serie de principados vasallos que la protegían por el este. Estos reinos fronterizos y vasallos fueron paulatinamente anexionados por los emperadores romanos. En cambio la comunidad judía no aceptó la ocupación romana y se creó la provincia de Judea o Siria-Palestina con un Legado como gobernador. Siria fue una de las provincias más ricas del imperio romano: sus mercaderes acapararon el comercio del Mediterráneo y todo el tráfico de los productos del extremo oriente. Se extendía desde Petra a Antioquía y desde Bosra hasta Alepo, Damasco o Palmira. Se desarrolló un importantísimo artesanado de tejidos, los damasquinados -de seda y lino-, la púrpura y el cristal de Fenicia y la exportación de sus productos agrícolas (frutas y vino). Tanta riqueza se manifestaba en sus ciudades de cuya pujanza económica hablaban sus obras públicas, tanto civiles como religiosas: termas, villas, acueductos, teatros o templos de estilo helenístico-romano. La cultura sirio-helenístico-romana tuvo también figuras destacadas como los juristas Ulpìano y Papiniano, los filósofos Porfirio y Jámblico o el extraordinario escritor Luciano de Samosata. En cuanto a la religión, en Siria (como en otros lugares del Imperio Romano) se produjo un sincretismo religioso entre las manifestaciones helenístico-romanas y diferentes expresiones de la religiosidad semita que sedujeron incluso a los romanos. Finalmente el cristianismo procedente de Judea acabó sustituyendo en el siglo IV d.C. al paganismo anterior (edicto de Milán de 313 de Constantino y el definitivo Edicto de Teodosio de Tesalónica en 385) a pesar de los fuertes movimientos de resistencia como el intentado por el emperador Juliano el Apóstata.
2.4. Siria árabe o Islam (640-1193)
Tras la invasión sasánida y la posterior reconquista por el emperador Heraclio I, Siria, agobiada por los problemas y consiguientes persecuciones religiosas y por los abusos fiscales se “dejó invadir” prácticamente por los árabes musulmanes. Los bizantinos (Imperio Romano de Oriente) acabaron capitulando en Cesarea (640 d.C.). El gobernador musulmán Mu’awiyya, apoyándose en los árabes de la región que allí vivían como nómadas desde el siglo anterior, fundó el califato de los Omeya que desde Damasco gobernó y trató de dar coherencia y gobernabilidad a todo el islam, desde el Oriente hasta Al-Andalus (661-750). Los cristianos de Siria coexistieron y proporcionaron el Imperio Musulmán administradores y hombres de ciencia y cultura que fueron fundamentales en la conformación de la civilización musulmana.
Disensiones internas de carácter religioso en el seno de la sociedad y de carácter dinástico en el seno de la familia Omeya ocasionaron un clima de fuerte inestabilidad política que fue rentabilizado por los Abasíes. En el año 750 esta dinastía acaba con la hegemonía siria de los Omeya y trasladaron el centro de su poder a Bagdag (Irán). Siria no obstante conservó su riqueza. Tras la decadencia de los Abasíes (finales del IX y principios del X), gobernadores de algunas ciudades sirias creyeron conveniente unir Siria al valle del Nilo: el califa fatimí de Egipto ocupó Palestina y Damasco respetando los diferentes principados árabes existentes. Se fueron acentuando las diferencias religiosas que no coincidían con las fronteras políticas. Por ejemplo, los nizaríes, a quienes sus enemigos llamaron hashshashiyyín (“consumidores de hashshis), de donde procede el término asesinos, fueron una rama de la secta religiosa ismaelita de los musulmanes chiítas, fundada por Hasan-i Sabbah, llamado también el Viejo de la Montaña, que utilizó el terror para expandir sus doctrinas, después de haberse instalado entre Lataquia y Hama. A su vez el Imperio Bizantino aprovechó la decadencia abasí para hacer incursiones en el norte de Siria: lograron la formación de un ducado griego en torno a Antioquía, reconquistada en el 969 d.C.
2.5. Siria y las Cruzadas
La heterodoxia islámica de un lado, y el avance bizantino de otro, propició la ascensión política de la dinastía otomana de los Selyúcidas que hizo gobernable por algún tiempo la región. A la muerte del sultán Halik (1092), Siria volvió a fragmentarse, lo que facilitó el avance armenio por un lado y el éxito de la Primera Cruzada por otro. El éxito de los cruzados dio lugar a la fundación de estados cristianos donde “los caballeros cruzados” gobernaban a musulmanes y cristianos. El problema de Antioquía, reivindicada por el imperio cristiano griego-biznatino, impidió un frente común de todos los cristianos frente al Islam. El reino de Jerusalén que no logró apoderarse de las ciudades del interior (Damasco, Homs, Hama y Alepo), tampoco estaba capacitado para defenderse del Islam en Siria. Los musulmanes otomanos dominaron Mosul y Alepo (1127-28), más tarde el condado de Edesa (Homs) y Damasco. Saladino, de origen kurdo y que desde Egipto acudió a Siria, peleó al servicio del príncipe turco Nur al-Din para lograr la unificación siria y el fin de los desórdenes. A su muerte (1174), por la incapacidad de sus sucesores, Saladino se hizo con el poder: ocupó toda la Siria musulmana y parte de los países más allá del Éufrates en su curso medio. Creó un imperio que jamás se había conocido, y frenó a los cruzados rechazándolos definitivamente hasta el mar y apoderándose de Jerusalén. Occidente reaccionó de inmediato y al frente del francés Felipe Augusto y del inglés Ricardo Corazón de León. Los cirtsianos concentraron su fuerza en la Tercera Cruzada: sitiaron Arce de San Juan (hoy en el estado de Israel) y forzaron a Saladino a una solución (paz) de compromiso: todo el interior de Siria quedó adjudicado a Saladino y Palestina, incluida Jerusalén y la zona costera quedaría para los cristianos. A la muerte de Saladino (1193), su herederos, los ayyubies, no supieron mantener este estado y Siria sufrió nuevas invasiones por parte de los mongoles (segunda mitad del XIII) que fueron sistemáticamente frenados por los mamelucos egipcios que mantuvieron la soberanía en Siria hasta el siglo XIV y paulatinamente fueron reconquistando los establecimientos de los cruzados: por ejemplo, el sultán mameluco Baybars (1260-1277) conquistó el Krak de los Caballeros (del árabe “krak” = fortaleza) que hasta entonces había resistido todos los asaltos musulmanes. Tras el periodo de las Cruzadas, Siria se transformó profundamente: el país quedó repleto de fortalezas árabes (kraks) y cristianas, las poblaciones latinas fueron desapareciendo, las comunidades cristianas fueron también reduciéndose y el comercio tan importante de Damasco y Beirut en el siglo XIV perdió hegemonía frente al de Alejandría en Egipto. Los mamelucos, no obstante, aseguraron a Siria dos siglos de cierta tranquilidad, pero no pudieron resistir el empuje de los otomanos nuevamente, ahora al frente del sultán Selim.